miércoles, 17 de noviembre de 2010

JUICIOS SOBRE LA OBRA DE GABRIEL JIMENEZ EMAN

VALORACION CRÍTICA DE LA OBRA DE GABRIEL JIMENEZ EMÁN
Selección de juicios críticos y opiniones sobre el autor
























SOBRE SU OBRA NARRATIVA

















Gabriel Jiménez Emán forma parte de la generación de escritores venezolanos nacida en la década del cincuenta, cuya obra se inicia tempranamente teniendo como postores tutoriales a los rebeldes de la generación anterior, quienes se habían agrupado en línea de fuego con El techo de la ballena, En Haa, Tabla Redonda y su entorno en los años sesenta.
A este escritor se le conoce por su maestría en un género en particular, el del cuento corto, breve, o minicuento. Pero Jiménez Emán es además ensayista, antólogo, poeta y ha incursionado en la novela (Paisaje con ángel caído, 2004). Su obra cuentística, sin embargo, es la que mayor repercusión ha tenido, convirtiéndole en una verdadera referencia del cuento breve a nivel internacional; género de grandes maestros y cultores entre los que deben citarse a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Garmendia, Eduardo Galeano o Luis Britto García.
El minicuento o cuento breve ha sido caracterizado de muy distintos modos. En lo que todos los especialistas coinciden es en el hecho de ser un texto de pocas palabras, con una capacidad de síntesis similar del poema, contenedor de un mundo, una circunstancia, una anécdota en su totalidad. El suspenso es esencial en este tipo de relato, y generalmente la frase final es el botón de cierre maestro de la circunstancia.
El mismo autor ha definido esta forma narrativa como un texto de corte minimalista “que intenta condensar en el menor número de palabras experiencias y situaciones de los personajes, sin perder el tiempo en situaciones prolijas” y atribuye su éxito al hecho de que: “ al uso de una imaginación de raíz romántica, que suele apostar por el asombro, la emoción o la sorpresa, el absurdo y el carácter lúdico de las imágenes, antes que por la pretensión naturalista de querer “fijar” el mundo y describir ambientes históricos”(Jiménez Emán; 1996,p.7).
Esta concepción revela una tendencia indiscutible al reconocimiento de la llamada literatura fantástica, del mismo modo en que lo hiciera el maestro Julio Garmendia al escribir su relato “El cuento ficticio”. Y es que toda la obra del escritor nada en estas aguas.
Jiménez Emán establece una convergencia entre el cuento breve y el género de lo fantástico. “El ideal fantástico se presenta entonces como una posibilidad de recrear los universos complejos en el decurso del instante, que congela el tiempo para someterlo a un deslinde filosófico y hacerlo partícipe de la anticipación o la fábula, de la metafísica o de los paisajes tecnológicos. Así, la fantasía suele estar involucrada en el texto breve de un modo casi consustancial” (Jiménez Emán 1996,10).
El escritor considera como un importante antecedente de este tipo de relato en la literatura venezolana a los poemas en prosa de José Antonio Ramos Sucre, y a Alfredo Armas Alfonso como al “narrador moderno que más se adecua a esta forma de manera consciente”.
Laura Antillano
“La imaginación y el asombro”, Presentación del libro Cuentos y microrrelatos, de inminente aparición en Monte Ávila Editores.

El ensayo y el error son los únicos métodos legítimos para la formación de un narrador: por ello tantas operas primas son un compendio de torpezas que luego el culpable oculta o disimula. Los dientes de Raquel es una obra de madurez en plena adolescencia: la demostración de un estilo que parece armado, definido y completo desde su primer paso, y que durante un largo camino no hará otra cosa que ser cada vez más él mismo. Gabriel Jiménez Emán forma parte de una de las primeras generaciones del país que se ha empeñado en pensar como posible el oficio de escritor. Muchos jóvenes contemporáneos de Jiménez Emán comparten con él la empecinada vocación de jugarse el todo por el todo por la literatura: estudiarla, vivirla, crearla.

Luis Britto García
Epílogo a Los dientes de Raquel, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993

La aparición de Los dientes de Raquel marcaba una filiación más clara con el experimentalismo y la literatura fantástica, obsesiones propias de un periodo en el que interesaban más los deslindes que las asociaciones. Esa madera de cuentista fue añejándose y nuestro autor ha sido uno de los más prolíficos en los últimos años. Ha querido también Jiménez Emán dar unos “saltos sobre la soga” hacia formatos más comprometedores: de allí que su libro La isla del otro (1979) sea leído como una novela breve, como una noveleta.
Antonio López Ortega
Revista IMAGEN Nº 112. Caracas, septiembre 1995

En Los dientes de Raquel (1973) y Narración del doble (1978) el autor explora y configura un peculiar ámbito narrativo que tendrá una realización plena en los dieciséis cuentos que integran Relatos de otro mundo (1987). Estos nos aterran, nos extravían o nos seducen, irrumpiendo en esas zonas débiles o poco resguardadas por nuestras coordenadas y certezas de lo real, y que habitan en el interior de nosotros mismos: el sueño, la locura o simplemente las representaciones engañosas o sorprendentes de la subjetividad.
Víctor Bravo
Criticarte. Fundarte Nº 20, marzo 1988
Una fiesta memorable (1991) contiene desde su mismo titulo lo suficiente como para que todos los invitados la recuerden, incluyendo a los lectores de esta novela publicada por la editorial Planeta, escrita por uno de los narradores venezolanos, más fieles a su oficio de escribir. Hijo de Elisio Jiménez Sierra, quien a su vez fuera escritor y profundo lector, Gabriel Jiménez Emán a escrito varios libros de narrativa, siendo esta su segunda novela después de La isla del otro.
Marisela Gonzalo Febres
El Impulso. Barquisimeto, sept. 2002


En Una fiesta memorable (Planeta 1991), Gabriel Jiménez Emán inventa una palabra, a la que corresponde un menester: el soñario. Interesa especialmente en el libro de relatos, el juego o dinamismo de la introversión y extroversión que se desarrollan en el autor que vislumbra lo indefinible (…) de ahí lo introvertido que el escritor señala con autentica gracia (…) difíciles y atrayentes problemas se plantean en el libro de Jiménez Emán, donde se combinan mundo y alma.
Ida Gramko
Diario El Globo, Caracas.


No nos encontramos al Gabriel de los cuentos cortos del absurdo limpio y elemental, sino al escritor que se pierde en el onirio, las formas y los sentidos minuciosamente en el laberinto del pensamiento, donde el lenguaje teje la exacerbación de los sentidos, que viajan en la respiración horizontal y la memoria del hastío, situando los hechos en una isla por primario rechazo de la sensibilidad a la civilización. Isla del otro, somática morada de la siquis en furor de todos los cardinales del pensamiento. Ítaca que sólo se reconoce en los extremos del placer y del dolor.

Carlos Danez
El Universal, 2 de abril de 1987.


Una excursión al subterráneo, un viaje a la profundidad de la conciencia, a la búsqueda del ángel extraño que al final no es más que un resplandor cotidiano, constituyen el propósito de esta Fiesta memorable, cuyo anfitrión es también su propio huésped. Los personajes que desfilan vertiginosamente son apenas gestos, trazos agresivos, aullidos, alguna mueca desdeñosa o amarga. (…) Como en todo descenso a los infiernos, el autor hace funcionar la trampa: no es posible permanecer afuera; bajaremos con el invitado, seremos contaminados con él, el tormento nos alcanzará por igual en cada uno de los anillos y finalmente conseguiremos escapar a la superficie, fatigados y aleccionados, aunque definitivamente contagiados también por la fascinación de la aventura.

Salvador Garmendia
Prólogo a Una fiesta memorable

Como ya es característico en la obra de ficción de Jiménez Emán, una serie de elementos cotidianos se mezclan con figuraciones fantásticas para producir ciertos efectos contrastantes. Con Tramas imaginarias, la narración adquiere ciertamente menos metafóricos, menos simbólicos, para ir al encuentro con lo cotidiano pero en función de lo insólito, de lo inexplicable, del doble fondo que a veces posee la realidad. En este libro, Jiménez Emán expresa una maestría sustentada en la simplicidad: sencillez ésta que me recuerda –y la semejanza no es caprichosa—a la escritura temática de algunos relatos de Carver, de Shepard, de Clive Sinclair o del mismo Richard Ford en un libro como Rock Springs.

Juan Carlos Santaella
En “Imaginaria”, revista de lo inquietante y lo fantástico, Caracas, 1992.


Como apólogos o fábulas, brevísimos, condensaciones absolutas, los relatos de Los dientes de Raquel (1973) apostaban a una saturación por eliminatoria: la economía de medios, mucho más que un recurso para exponer anécdotas alusivas. Tiempo mínimo y recortado para la “exposición” y el “nudo”; después unos finales imprevistos. Gracias a tales desenlaces, la duración con límites era un colapso o un infarto. Semejantes términos clínicos proclaman una estética; una retórica de lo subjetivo que es cruel, a-lógico, “poético”.
Saltos sobre la soga (1975) tiene otros suspensos complementarios, igualmente basados En lo paradójico: la duplicidad. No basta decir que las fábulas quieren ocurrir en lo simultáneo o que poseen varios pisos; tampoco, que algún número de la disposición de las líneas urde la multiplicación de los planos. Como en el primer volumen, los referentes tratan de ser un enigma: acaso la “realidad” es menos sencilla de lo que parece; sin duda alguna el suelo seguro que confirma las persuasiones es tan inestable como para suponer una sospecha razonable. La exploración de lo onírico (equivalente de lo imaginable) sigue sus leyes, esto es, su meta.
Más largos (en extensión física, longitud de palabras y páginas) los textos son acróbatas: viran en el aire. Algunos se precipitan y desnucan; otros se sostienen por milagro y, si caen, rebotan su fin es perseguir “sombras trashumantes”. El anhelo de esta selección es ingresar a lo nocturno. En el libro queda esbozada la probabilidad de descifrar una rama surreal: la opción de des-realizar.
Este efecto de tensión diversa se desliza en Narración del doble (1978) y en La isla del otro (1979) ¿Poema en prosa o sus discusiones anexas, en el primer caso? ¿Novela en el segundo? Suspenso: la identidad, el dilema entre uno y muchos, el espanto de las hendiduras: lo fantástico, sus medios, lo quimérico y lo ensoñado. No es la mente sino el delirio que hace la mimesis de la imaginación. Nunca está de más asociar estos libros, así como parte de cierta narrativa venezolana, al encuadre de Elemire Zolla: la disolución por imaginar como un vicio. Narración del doble, de hecho, parece más “poético”, es decir tiene algo de esas galas que se atribuyen normalmente al adjetivo: canto, desarticulación, revelaciones de un “conocimiento” de lo subjetivo: “Fui guiado por dos ángeles negros de la gran gaveta de las aguas, vi el fondo y caminé desnudo por un temblor de claridades que antes creía enterradas.”
La isla del otro, si cabe, es una novela lírica acerca de la movilidad del sujeto. Nuevamente el protagonista es una especie de descabezado o náufrago (personajes recurrentes del autor) que sale a la calle de la fantasía para ver su cara en los rostros ajenos.
Oscar Rodríguez Ortiz
Del libro Intromisión en el paisaje, “Materias de sombra”, Fundación cultural de Venezuela, Caracas, 1985.




Una fiesta memorable nos lleva a recordar autores como Franz Kafka, Keith Chesterton, Giovanni Pappini, por lo que tienen en ese vínculo con lo absurdo, lo alucinante, lo libre de prejuicios críticos o sociales, y ese marcado culto a la individualidad como único reducto para evitar el zarpazo enajenante. Ironweed, de William Kennedy, sería un punto magnífico de comparación con esta obra (…) se narra sin decorados, directamente, en forma simple, un hecho que no soporta otras complicaciones que las necesarias y suficientes. Lo que hace un Juan Caros Onetti a través de personajes íntimos esencialmente, no vinculados a terceros elementos, se desplazan en una estructura fragmentaria hasta alcanzar una muy aceptable unidad. Se podría decir que esta es una novela de un único personaje, ya que el soñario viene a ser un reflejo de si mismo, un doppelganger, un “paredro” en términos cortazianos.

Gabriel Mantilla Chaparro
En “Imaginaria”, revista delo inquietante y lo fantástico, Caracas, 1992.



Cuando inversiones y exageraciones se encadenan acertadamente, Gabriel Jiménez Emán logra en Relatos de otro mundo textos tan delirantes como “El hombre de los pies perdidos” o “El balneario”, de un surrealismo onírico. Atractivos resultan igualmente “La novia mecánica”, con una doble sorpresa, y el persistente misterio de “La caja de Loreley”. No tanto los sueños (unos dentro de otros o inter-penetrándose con la realidad) ni las metamorfosis inexplicables. El autor se permite dos joyas en el terreno de lo mínimo: ¡Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello” (“El hombre invisible”) y sobre todo la brevedad: “Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte.” Relatos de otro mundo prolonga, acentuando la extensión de ciertos textos, el mundo y los modos de expresión de Jiménez Emán, con un mayor trabajo de creación de atmósferas. Continúa la dependencia con respecto a las conclusiones inesperadas, a lo que ahora se agregan tramas interesantes desdibujadas en su cierre, arquitecturas conceptuales bastante frágiles, enigmas de poca monta. Destacan, entre media docena de buenos cuentos, “La oreja de H”, por su sencillo rigor en el desarrollo de la situación provocada por la pérdida de la oreja de un tranquilo burócrata, y “Muñeca de azul”, con las suntuosas posibilidades que insinúa en torno a una muñeca tan fascinante como peligrosa. Con lo que llegamos a la obra más serena y sensual de Jiménez Emán: Tramas imaginarias. Con “Misterio carnal”, el erotismo se concentra en estas dos parejas en crisis que intercambian sus integrantes: el relato entreverado de su simultáneo encuentro amoroso es magnífico, mientras que “Los sueños cruzados” lleva a su culminación vertiginosa el tema intertextual de dos soñadores que se conectan en la esfera onírica.”

Julio E. Miranda
El gesto de narrar. Antología del nuevo relato venezolano. Monte Ávila Editores, Caracas, 1998.



Gabriel Jiménez Emán es un joven escritor venezolano, residenciado en Mérida, donde cursa estudios de Letras. Evidentemente es un escritor múltiple en el sentido de abarcar varias formas literarias: la poesía, la crítica, el cuento y la traducción, llegando a demostrar en todas un efectivo talento y una viva sensibilidad; en fin, puede afirmarse que es congruente con una vocación literaria que predomina sobre su quehacer vital y lo transfigura en cohabitante dichoso con inagotables imágenes. Con la publicación de su primer libro Los dientes de Raquel y los elementos que lo estigmatizan, el absurdo en su expresión literal de antítesis de lo ordinario, y en segundo término el humor que en ciertas ocasiones alcanza indecisos tonos de esa categoría del humor tan sabiamente utilizado por los surrealistas, el humor, negro, debe propiciar asombros y enjuiciamientos por parte de la crítica literaria nacional, en la medida de que es organismo literario estructurado desde un ágil y probado talento literario.

Jesús Serra
Revista “Actual”, revista de cultura de la Universidad de los Andes, Mérida, 1974.






Gabriel Jiménez Emán ha desarrollado una amplia labor, ya en el campo de la creación –poesía, narrativa, ensayo—ya en el periodismo literario. Es una figura representativa de la poesía venezolana actual. Ha sido factor importante en la vida de revistas culturales tanto en Venezuela como en España, concretamente en Barcelona. Sin cumplir aún los cuarenta años, ya que nació en 1950. Su labor de creación es reconocida en sus valores específicos. Como cultor de la narrativa breve con su libro Relatos de otro mundo, vemos que casi todos sus textos lindan con lo fantástico. En un estilo suelto y un lenguaje rico, a creando situaciones interesantes que a menudo tienen un desenlace inesperado. Así lo vemos en las dieciséis piezas que integran este nuevo libro suyo, entre las cuales no vacilamos en señalar textos de un valor innegable en el género.

Pascual Venegas Filardo
En “El Universal”, 28 de noviembre de 1988.


La obra de Gabriel Jiménez Emán ocupa un lugar primordial en la prosa de ficción venezolana e hispanoamericana de las últimas décadas. Por tener la misma importancia que se merece; la imagen del hombre no anda lejos de la imagen del escritor; ambas forman parte de un proyecto vital que se retroalimenta en todas sus faces y aspira a una forme unidad que luce indivisible, rica en matices, amplia en criterios. Jiménez Emán es el prototipo del intelectual integral, un escritor en resumidas cuentas a quien le interesa, por encima de cualquier género la virtualidad de la escritura en tanto expresión. Ha hecho de la literatura un espacio, un cuerpo mediante la cual la palabra respira y se hace carne.

Juan Carlos Santaella
Prólogo a la segunda edición de Los dientes de Raquel, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993.







El más reciente libro de nuestro poeta y narrador Gabriel Jiménez Emán titulado Saltos sobre la soga (Caracas, Monte Ávila, 1975) comienza con estas palabras, pertenecientes a la pieza “Qué aburrimiento”: “Yo no sabría explicar muy bien qué tengo ahora dentro del campo de los sentidos; tampoco estoy seguro si mi alcance visual tiene correspondencia natural con los objetos y personas que tengo al frente por los momentos”. Y más adelante añade: “Me digo: no es eso lo que ves: en el fondo hay algo que se desploma para mostrarse más limpio y más desnudo de lo que visualmente es.” Para quien haya leído el libro entero, esas palabras se convierten en claves, o en lo que Hugo Friedrich llamaría el kernpunkt o punto nuclear del objeto que nos abre hacia la comprensión no sólo de la temática interna del volumen, sino también, sorpresivamente, de su estructura formal, su armazón estilística.
En efecto, conceptualmente hablando, el tema de fondo del hermoso libro de Jiménez Emán es doble. Por una parte, se trata de la relación dramática y contradictoria entre la conciencia poética y el mundo circundante., y por la otra, el enfrentamiento casi agónico de muerte de esa conciencia consigo misma. Debo advertir que cuando hablo de conciencia poética no me refiero a la mera conciencia individual, el yo personal del autor, sino a una supraconciencia que supera lo personal y engendra un Yo semejante a aquel de Heráclito en su famosa sentencia: “No soy yo quien habla, sino el Logos quien habla a través de mí”. Se trata por lo demás de una característica difundida en toda l poesía de la modernidad, y muy especialmente en Francia e Italia. El mundo de los objetos no llega a convertirse jamás en un universo completamente separado de la conciencia; esta interfiere la vida propia de los objetos y los sumerge en una especie de subversión ontológica dentro de la cual se ve envuelta la conciencia misma, en cuanto ella e considera partícipe del mundo de los objetos, como puede apreciarse muy claramente en “El señor Pluma escruta el fondo de la noche”, en el cual el Señor Pluma simboliza alternativamente a un objeto, a la conciencia del poeta, al poeta mismo, e incluso a sus palabras.
Por otra parte, la relación contradictoria de la conciencia con ella misma asume un carácter dialéctico fácilmente emparentable con Hegel, para quien la conciencia, en sus enfrentamientos con el mundo, podría experimentar desgarraduras internas, que Hegel llama “alienaciones”, en el doble sentido de desposesión y de objetivación. La conciencia, al objetivarse en el mundo, produce, en el Tiempo, la Historia, y en el Espacio, la Naturaleza; pero todo ello lo realiza a costa de una desgarradura de ella misma, que no podrá “superarse” sino en el momento de una definitiva “reconciliación” (dice Hegel) de la Idea con el Mundo. En el libro de Jiménez Emán está lejos de presentarse esa reconciliación o síntesis. Todo él es una desgarradura de la conciencia y, por tanto, un constante desdoblamiento de la misma. Pero como el mundo circundante y aparentemente “objetivo” está preñado de conciencia, este mundo se encuentra también desgarrado, enajenado, como puede verse a las claras en piezas tales como “Ultimas consecuencias del sufrimiento de los ciudadanos” ¿Quién enajena a quién, el mundo a la conciencia o a la inversa? No hay respuesta directa posible. Ambos elementos están confundidos en una lava volcánica.
¿Cómo expresa Jiménez Emán esta problemática? De nuevo las citadas palabras iniciales nos dan la clave. “Tampoco estoy seguro si mi alcance visual tiene correspondencia natural con los objetos…” Esa inseguridad se expresa a través de la forma literaria adoptada, lo cual no quiere decir que esta forma sea en si misma insegura. Por el contrario, Jiménez Emán, a pesar de su juventud, posee un domino impresionante de su propia forma literaria, y no es difícil adivinar en él a un escritor culto. Antes hablé de “poema-cuento”, pero esta no es sino una fórmula ecléctica para designar una realidad literaria característica de nuestro siglo y presentida en el siglo pasado. Se trata de la invención de un nuevo género literario, tan importante históricamente como pudo serlo a su hora la invención (genial) del soneto o el perfeccionamiento de la métrica. Jiménez Emán participa de ese invento que practican escritores como el Cortázar de Historias de cronopios y de famas, Borges en ciertas páginas; Lezama Lima, o, en Venezuela Luis Britto García en Rajatabla o Francisco Pérez Perdomo en algunos de sus poemas. Se trata, descriptivamente hablando, de narraciones breves (a veces brevísimas, como en Los dientes de Raquel, que publicó Jiménez Emán en 1973 pero construidas en forma poemática. No puede hablarse estrictamente de buenos breves, ni tampoco de poemas líricos. Se inventa una escritura en que ambos géneros se combinan químicamente y producen un ser nuevo, cualitativamente distinto y revolucionario. En Jiménez Emán el problema se plantea explícitamente como la inseguridad de una “correspondencia natural” entre el lenguaje (“alcance visual”) y los objetos. Esta vieja disputa de Hermógenes Cratilo en el Cratilo platónico por un lado, la tendencia entre la correspondencia natural entre las palabras y los objetos designados y por el otro la tesis de que no existe tal correspondencia natural sino una convención social adoptada por los hombres para comunicarse. Esta disputa aparece secretamente en la poesía moderna, quizás a partir del famoso soneto de Rimbaud a las vocales. En Jiménez Emán se trata de algo dramático, tal vez el problema central del poeta en cuanto escritor: ¿cómo expresar el mundo de objetos que no poseen un ser fijo y dado, si es que cambian y dejan de ser constantemente? De nuevo surge la gigantesca sombra de Heráclito. No hay más remedio que acudir al lenguaje oracular, délfico, y dejar testimonio acerca de misterios. La célebre “oscuridad” de Heráclito, (a quien llamaban el skoteinós u oscuro los doxógrafos antiguos) no era un simple recurso formal, sino una exigencia interna y fatal de su propia concepción del mundo.
En Jiménez Emán ocurre lo mismo. El poeta pasea su mirada angustiada por el mundo y no sabe a qué atenerse. Busca una seguridad en el lenguaje, pero aún en este terreno que le es propio se reproduce el drama. De ahí el lenguaje evasivo, lleno de sorpresas y de zigzags, en coexistencia con pasajes de lenguaje directo y brutal. De ahí, también, el entusiasmo y admiración que suscita este poeta, por la sagacidad y el poder de penetración que emplea para la expresión de ese abismático universo en el cual se juegan la vida la piel humana y la piel de las palabras.

Ludovico Silva
En Papel Literario de “El Nacional”, noviembre de 1975

El mismísimo día que Los dientes de Raquel se clavaron con sensualidad en el cuerpo pulposo de la manzana de Gabriel Jiménez Emán, el adolescente que perpetraba prosas poéticas se enroló en la Banda d Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, se dejó una barba de usurero para engañar a los suspicaces, requirió y templó las cuerdas del cuatro y la guitarra, calzó las maracas y se convirtió en el primer hombre orquesta de la joven poesía venezolana. Animal literario que hace hierba de leras y transpira decilitros de tinta, mientras lame hojas de block, su alimento principal está constituido por exquisitos despojos de mujeres triturados por su f glotona succión, de cabezas de poetas imberbes armados de currículos y onanismo, embadurnados con una salsa cuya base de sostén es el aceite 3 en 1 para Remington y Olimpia.
En virtud de los poderes ultraístas de esta dieta que Jiménez Emán comparte sobre un campo de fresas con John Lennon y Bob Dylan, el poeta caraqueño cultivado en Yaracuy en ese Jardín de las Delicias que es la casa de sus padres, consigue sacarle acordes de mapanare en celo a la pianola de su corazón, desbaratando el lugar común de los géneros y las generaciones literarias.

Baica Dávalos
Papel literario de El Nacional, 16 de noviembre de 1980.

En Paisaje con ángel caído emerge un yo atacado por la confusión, en una lucha consigo mismo y contra el círculo alienante donde transcurre su existencia. Ante esa circunstancia avasalladora, señalada por breves instantes de felicidad, porque “ésta es una ilusión pasajera”, el personaje principal, José Armando Burgos, se perfila como el axial central de una especie de búsqueda ética y psicológica, próxima al estilo de la novela de aprendizaje, del Bildungsroman. (…) Se discurre por los meandros narrativos de la más reciente novela de Gabriel Jiménez Emán, Paisaje con ángel caído mediante un lenguaje transparente, no exento de las imprescindibles texturas poéticas, y un estilo preciso, directo, ajustado a la economía verbal, tan necesaria –diría Maurice Blanchot—cuando se busca hacer interesante lo que se lee. Esta novela es una obra escrita con sagacidad por quien posee la destreza para urdir una trama interesante, hábilmente estructurada para envolver al lector desde el inicio hasta el fin, casi sin dejarlo respirar, atrapado por la intensa urdimbre novelesca. Estamos en presencia de una narración de búsqueda del yo, con acertada intriga y reincidentes pasiones contrariadas, dentro de un tramado de pesquisas policíacas, compuesta además con los aprehensivos recursos de los libros de aventuras, desde cuyas páginas Conan Doyle, Stevenson y Raymond Chandler parecen hacerle guiños al lector para animar la fidelidad a la lectura de novelas.
Julián Márquez
Revista Imagen, Caracas, 2005
Gabriel Jiménez Emán, hombre profundo con una seria pasión por la literatura, nació en Caracas en 1950 y pasó su adolescencia en San Felipe en el estado de Yaracuy, desde donde visitó a la ciudad de Mérida para estudiar literatura. Al terminar sus estudios universitarios Jiménez Emán salió para Barcelona, España, donde vivió cuatro años y comenzó lo que luego sería una sostenida producción literaria. Muchos de sus primeros ensayos sobre literatura fueron publicados en revistas españolas, especialmente en Quimera, para ser más tarde recopilados y publicados en su libro Diálogos con la página.
De regreso a Mérida continuó con su actividad en la escena cultural colaborando en periódicos y revistas, y dirigiendo un taller literario en la Universidad de los Andes por un par de años, luego de cuyo período regresó a Caracas a trabajar en la Cancillería. Actualmente, sin embargo, se dedica exclusivamente a las artes literarias, contribuye regularmente a la mayoría de los diarios y revistas literarias publicadas en la capital y redacta una columna semanal, “Las lecturas del azar”, para la edición dominical de uno de los diarios venezolanos de mayor difusión: Ultimas Noticias.
Jiménez Emán ha publicado un gran número de libros, desde Narración del doble (poemas en prosa) en 1968 a Relatos de otro mundo en 1987. Una lista completa de sus obras publicadas incluiría Los dientes de Raquel (cuentos, 1973), Saltos sobre la soga (cuentos, 1975), La isla del otro (novela, 1978), Los 1001 cuentos de 1 línea (cuentos, 1980), Materias de sombra (poesía, 1982, ganador del Premio Monte Ávila en ese género) y Diálogos con la página (ensayos, 1984). Además es traductor ávido de la poesía británica y norteamericana moderna y ha trabajado en los poemas de Brian Patten, Bob Dylan y John Lennon.
Como se puede observar por las fechas de publicación de los dos libros que vamos a examinar, Los dientes de Raquel y Los 1001 cuentos de 1 línea, Gabriel Jiménez Emán ha tenido un continuo interés en el estilo del cuento breve y su potencial literario. Su colección de cuentos Relatos de otro mundo es una combinación de cuentos breves y cuentos largos. El subtítulo dado a esta colección apunta a reflejar el tema que predomina en estos dos libros: la confusión que reina cuando se echan abajo las distinciones entre mundos aparentemente contrarios. Sin duda, los tres epígrafes que Jiménez Emán utiliza como prólogo al comienzo del primero de los nombrados, son indicios muy ciertos de lo que el lector tanto en Los Dientes como en Los 1001 cuentos puede esperar encontrar más adelante.
Aunque Jiménez Emán explora una variedad de temas en Los dientes de Raquel y Los 1001 cuentos, el que más le intriga es discernible en los cuentos donde los sueños se mezclan con el desvelo, la vida con la muerte, es decir, los cuentos donde nuestras expectativas sobre estos estados (¿diferentes?) se cuestionan y donde los lectores nos debemos esforzar por determinar en qué creemos. Un ejemplo de esta preocupación temática se ve en el cuento breve “El juicio” de Los dientes de Raquel. El personaje principal está esperando el fallo de un grupo de jueces que lo miran con “miradas clavadas… negramente en él. El veredicto se pronuncia: “Lo condeno a vivir para siempre –dijo uno de los esqueletos. (15)


El giro imprevisto de esta última oración destrona en el sistema de valores del lector la primacía de la vida sobre la muerte. La nueva perspectiva en la que estos valores se sitúan nos hace ver que quizá una razón porque estimamos tanto la vida es simplemente ésa es la condición en la que actualmente nos encontramos. En el mundo de los esqueletos, sin embargo, es la muerte lo que se conoce y por eso es lo que más se desea. Lo que no se desafía en “El juicio” es la noción que ninguna de las dos, la vida o la muerte, sea exactamente un duro castigo porque nos roba uno del otro; en cambio, simplemente se cambian las perspectivas para que el lector experimente confusión sobre la verdadera naturaleza de cada una.

Andrea Bell
Hamline University, Minnesota, USA, 1995.

El escritor venezolano Gabriel Jiménez Emán (nacido en 1950 en Caracas) tiene una obra que lo destaca entre quienes se dedican a este género nuevo y pujante de la literatura hispanoamericana, el microrrelato o minificción. Hay en su cultivo del género una gran continuidad, que se refleja en varios libros de narrativa breve o brevísima.[1] No es el único género que frecuenta, pues también es autor de ensayos literarios, narraciones más extensas y novelas. Corresponde definirlo ante todo como narrador, pues es evidente que los relatos, de cualquier extensión que sean, son su manera de relacionarse con la realidad y con la literatura. Pero desde Los dientes de Raquel, de 1973, hasta La gran jaqueca, de 2002, hay tres décadas de trabajo constante en este producto narrativo (que él llama “cuento breve”, una denominación que convendría sustituir por otras más específicas: microrrelato, microcuento, minicuento, minificción...). Así se ha perfilado una obra de conocimiento indispensable para quienes se interesan por las características y evolución de este tipo de textos en las letras hispanoamericanas.
Conviene aclarar que Jiménez Emán concibe el tipo de relatos que aquí interesan como un género emparentado con la literatura fantástica. En su antología Ficción mínima: muestra del cuento breve en América, comienza sus palabras prologales con la siguiente afirmación: “Los efectos literarios cuentan con una larga historia. La mayoría de éstos han tenido lugar al margen de la literatura realista” (FM 5). Y poco después ofrece (FM 6) el siguiente comentario:
Si el cuento breve está disfrutando hoy de cierta salud, ello se debe quizá no tanto a la similitud con el lenguaje de los medios visuales, sino a su propia naturaleza minimalista, que intenta condensar en el menor número de palabras experiencias y situaciones de los personajes, sin perder el tiempo en descripciones prolijas. También debido al uso de una imaginación de raíz romántica, que suele apostar por el asombro, la emoción o la sorpresa, el absurdo y el carácter lúdico de las imágenes, antes que por la pretensión naturalista de querer “fijar” el mundo y describir ambientes históricos.

El uso del menor número posible de palabras, la contención de toda actitud descriptivista y los privilegios de la imaginación, que pueden conducir al absurdo y al juego, van constituyendo una colección de marcas que nos servirán para penetrar en el mundo del microrrelato hispanoamericano y, en particular, en el universo narrativo de Gabriel Jiménez Emán.

David Lagmanovich
Universidad de Tucumán, República Argentina


He aquí una novela de anticipación o de “ciencia ficción”, cuyo asunto –el infierno y sus metáforas— nos atrapa desde la primera línea. Averno, publicada por la editorial El perro y La rana, del escritor y poeta Gabriel Jiménez Emán. En efecto, signado por una explosión –en ese momento estaban dinamitando el retén de Catia—nace en la maternidad Concepción Palacios de Caracas uno de los principales personajes de esta novela: Juan Pablo Risco. Dos espacios, pues, considerados tradicionalmente como metáforas del infierno: las cárceles y los hospitales; y, como telón de fondo, esa otra metáfora del infierno que es la droga, sobre todo en las grandes ciudades como New York y Caracas: la droga y sus abismos de perversión, prostitución, sicariato. Barrios oscuros, bares de mala muerte, tráfico de drogas, etc., metáforas que reproducen otras metáforas hasta el infinito, como la miserable que llevan muchos de sus habitantes abandonados en las calles, o como el abismo sin fondo en que cae el drogadicto, víctima de una red de narcotraficantes más infernal todavía. Realidad o ficción, no sé, pero muchas veces se ha dicho que la realidad supera a la ficción. En este sentido la voz del narrador nos advierte: “Nada de lo que decía Nicolás era ficción.” Como podrá consignar un lector futuro de esta novela, el infierno aquí es real; se puede decir que ciudades como New York y Caracas, el tráfico de vehículos, el problema de la basura, la polución, la contaminación atmosférica, etcétera, son otras tantas metáforas contemporáneas del infierno. Reconocemos aquí barrios de Caracas: Los Frailes, los Magallanes de Catia, Gato Negro, esos “paraísos del mal”, esos “infiernos bellos”, como los llama Julián Martínez.
El Purgatorio era conocido como lugar “donde el alma humana se purifica y se hace digna de subir al cielo”, era el segundo reino de Dante. Aquel viejo pergamino decía también que “las almas del Purgatorio preferían presentarse ante Dios con una sola mancha.”
Otra de las metáforas del infierno que podríamos rastrear en Averno es el erotismo, es decir, el eros que en lugar de liberarnos, nos hace prisioneros de nuestras propias pasiones. La voluptuosidad, el placer, las supuestas delicias de la vida todos queremos disfrutar, gozar sin límite: el embarque para Citeres es general. En este sentido, como decía Herbert Marcuse en sus ensayos críticos de la sociedad contemporánea, el erotismo actual es de un vacío existencial que pide ser llenado por la sociedad de consumo: a diario somos bombardeados por imágenes eróticas en la televisión y el cine. Soñamos con Naomi Campbell, por ejemplo, acostada sobre un carro, pero Naomi es eso, una pantalla, no una realidad en las piernas del que la sueña.
No recuerdo en qué círculo del Infierno coloca Dante a los voluptuosos; no recuerdo si Ovidio estaba en ese círculo, pero tengo la impresión, no sé, desde que leí esta novela, que vivimos en un infierno erótico terrible. Proveedores de erotismo nos bombardean por todas partes.
Rafael Garrido
“El infierno y sus metáforas”. En: “Yaracuy al Día”, San Felipe, Yaracuy, marzo de 2007


En su más reciente creación literaria, La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, 2005), Gabriel Jiménez Emán presenta una escritura que toca lo lírico y juega con lo autobiográfico, al recrear episodios relacionados con su experiencia vital y entorno familiar, verbigracia de ello el relato que da título al libro: “Merodeando por el patio percibí la sombra de mi abuelo, quien de cuando en cuando dejaba ver parte de su cara detrás de alguna columna o pilar, y el patio de la panadería-taberna pasó a ser entonces el patio central de la casa de Carlos Emán en San Felipe”. Luego de sufrir aquella transfiguración de la realidad, el narrador-autor realiza un descubrimiento relacionado con el misterio del mundo: presenció el origen, lugar donde vida y muerte confluyen: “No pude soportar el impacto de aquella revelación. Antes de desmayarme, vi la cara de Vermeer, luego de la mi abuelo Carlos. Entré en el túnel donde pasaron a gran velocidad las escenas claves de toda mi vida, y finalmente salí al otro lado, hacia la luz, convertido en luz”.
Los relatos del volumen comentado presentan un mayor desarrollo argumental en relación con sus microficciones, las cuales, por cierto, fueron recogidas en el año 2005 por Thule Ediciones, bajo el título de El hombre de los pies perdidos. Ahora, volviendo a La taberna de Vermeer, el autor ofrece un guiño al lector en el prólogo de la obra. Divide sus ficciones en reales e inventadas. Su idea: crear un juego de espejos: “Quise hacer una especie de ironía en relación con lo ficticio; por ejemplo, en la vida cotidiana, a veces, nos ocurren cosas tan asombrosas, tan fascinantes e imprevistas, que preferimos adjudicárselas al reino de lo metafísico, al reino de lo poético, de lo insólito, de lo especulativo. Es una provocación: de alguna forma hay que provocar al lector, pero respetando su inteligencia, nunca subestimándolo; el lector es más inteligente, mucho más incisivo y a veces más implacable que el escritor”.

Alejandro SebastianiBCV Cultural, Banco Central de Venezuela, Caracas, 2009.
































SOBRE SU OBRA ENSAYÍSTICA Y ANTOLÓGICA


















Gabriel Jiménez Emán tiene razón cuando introduce a Lennon y Dylan en su traducción de éstos en la reciente edición de Fundarte Dos trovadores del siglo XX (Cuadernos de Difusión, Serie Breves, Gobernación del Distrito Federal, Caracas, 1979) como dos trovadores del siglo XX. La similitud y el paralelismo resultan tentadores, quizá demasiado. Porque a partir de esa afirmación compartible cabe hacer una larga serie de precisiones respecto al cúmulo de diferencias que separan a Walter de Vogeiweide o Jaufre Raudel de Lennon, Dylan o Serrat. En primer lugar, el vasto momento de renovación cultural que mueve en el siglo XII al cancionero trovadoresco tiene un alcance que desborda toda comparación. Verdadero preludio del Renacimiento, significa en los hechos puramente artísticos por una parte el nacimiento de la poesía lítica occidental y por otra el desplazamiento de la monodia cristiana hacia el ámbito profano con la consiguiente fecundación de la naciente polifonía. Después del paso de los trovadores, troveros y juglares, el escenario cultural, social y político de Europa ha cambiando. Es verdad que el mérito de esa transformación no les corresponde por entero.
Los trovadores del siglo XX han terminado en el marco de los mitos de la sociedad de consumo. Sería injusto ignorar la importante cuota d frescura y poesía cotidiana que han aportado a la canción comercial, habitualmente desteñida. Pero es indudable que las esperanzas y expectativas que la década del 60 trajo consigo y que los trovadores cantaron ha quedado atrás. Desde este punto de vista, se trata de trovadores fracasados. En el plano de la pura creación, nadie razonablemente puede negar que será imposible en el futuro recapitular nuestro tiempo sin que el disco, la rockola y un conjunto musical beat o country integren el cuadro de las buenas relaciones de la época.
Las traducciones que Jiménez Emán efectúa de John Lennon y Bob Dylan son adecuadas y lo que es más importante: inteligibles. Las versiones españolas de los autores del beat suelen ser jeroglíficos porque los coloquialismos y giros estorban siempre la tarea. Esa dificultad ha sido salvada con solvencia. Los dos trovadores han encontrado un traductor alerta y sensible.

Hugo García Robles
Papel Literario de “El Nacional”, 3 de febrero de 1980.




Hace unos cuanto años le escuché decir a Hanni Ossott, cuando sus labios se atrevían aún a sostener el encanto de las palabras que “a través del misterio de una especial escritura, se podía descubrir la geografía íntima de un cuerpo”. Este sensual vínculo que procura unir la palabra a las filtraciones del cuerpo, es otra manera de pensar en un territorio ahora poblado por la imaginación y por las ideas. Esta es, infiero, la conexión que intenta descubrir Gabriel Jiménez Emán con la expresión Provincias de la palabra, título de su más reciente libro de ensayos. Una provincia es un territorio, un paisaje una comarca habitada por seres singulares. Jiménez Emán intenta un diálogo comprensivo y fervoroso con la literatura, a partir de los registros escriturales que muchos escritores dejaron como fiel documento de su creatividad. El autor los visita en su propia comarca literaria, les habla, les hace decir algunas de sus confidencias y los obliga a revelarnos algunas de sus claves. Libro donde se cruzan visiones resplandecientes, puntos de vista sostenidos desde la pasión literaria y no desde la frialdad crítica. El libro reúne una buena cantidad de ensayos sobre narrativa, poesía y distintos tópicos relacionados con la literatura, valdría destacar la importancia que tienen algunos de los mismos contenidos en la tercera parte. En particular los denominados “Adiós al realismo mágico”, “El mito del criollismo”, y “De cómo es imposible enseñar literatura” cada uno de estos trataos posee un valor capital para el estudio y el análisis de los problemas planteados en ellos. Provincias de la palabra es un libro en cierto modo alquímico; un libro, insisto, donde la voz de su autor se trasmuta en el oro sapiente de un conocimiento literario.

Juan Carlos Santaella
Diario El Globo, Caracas, 28 de julio de 1996

En su más reciente ensayo sobre el séptimo arte, Espectros del cine, Gabriel Jiménez Emán nos propone una colección de veintiocho ensayos sobre películas, escritos originalmente entre 1983 y 1998. De los textos mismos podrí decirse que son ejemplos perfectos de lo que de lo que debería ser la crítica periodística. En ellos el narrador se nos muestra tan apasionado por el cine como para enjuiciar sistemáticamente aspectos claves de la realización –siempre tiene algo qué decir de la fotografía, la música, la iluminación, el diálogo y los actores. Orientado a relacionar las características formales con los contenidos y a concluir cada nota con parámetros estéticos, Jiménez Emán ataca las causas y contingencias que a menudo hace deslucir a algún film con relación a su referente literario—en el caso de las adaptaciones llevadas a la gran pantalla para que escudados en la fama de un autor de renombre, los productores y el estudio hagan sus millones. Jiménez Emán se arma de palabras para enfrentar a los torbellinos de la fantasía en la sala de proyección. Excepcionales resultan sus páginas a propósito de James Bond; Borges frente al cine; Manuel Puig en sus crónicas de Babilonia, Ray Bradbury, el Frankenstein de Branagh; Fritz Lang épico y expresionista y cine erótico. Con ellas el autor desencadena llamaradas de pensamiento para ir más allá del espejismo engañoso, del fuego de la producción cinematográfica el lector vea hasta dónde llega el arte a la hora de restablecer la fuerza vital de la palabra. Su amplia mirada rebasa el espacio limitado de la pantalla; ciertamente se explaya en busca de un horizonte más vasto.
Alí E. Rondón
Gabriel Jiménez Emán ha cobrado ya, dentro y fuera de su país la dimensión de una provincia donde cohabitan, no faltaba más, elementos humanos y paisajes literarios, realidades de la gran urbe y ensoñaciones del insólito terreno de la parroquia. Porque si la riqueza interior o la mera existencia interior consciente encarnan la posibilidad de un territorio espiritual, de una provincia, Gabriel ha hecho en su libro Provincias de la palabra (Planeta, Colección Ensayo, Caracas, 1995) que casi toda su obra esté bañada de un espacio más pequeño, de un terreno baldío imaginario donde no sólo brota los tiempos eliotianos, sino todos los laberintos conceptuales o poéticos del hiperbóreo Borges, del hipertropical García Márquez, de la huidiza Teresa de la Parra o el enterronado Armas Alfonzo.
La entidad de Jiménez Emán, su gentilicio, es una mezcla de eso. ¿Qué provincia no es mezclaje, identidad y extrañamiento de una suma de voces que, simultáneamente, pictóricamente, avanzan y retroceden desde el epicentro que es el hombre moderno o posmoderno, donde éste? Y si es de la palabra la provincia, si es de la provincia la palabra, en es suma, ¿a qué espejo se dirigen finalmente las voces propias entre las entrañas, los vocablos extraños, las latitudes otras del discurso aprehendidas lúcidamente por el ensayista, narradas lúcidamente por el ensayista, narradas lúdicamente por el novelista o el cuentista, poetizadas altamente por el lírico?

Leonardo Gustavo Ruiz
Presentación de Provincias de la palabra en la ciudad de Barinas, 1996.



En América Latina abundan las experiencias poéticas que, usando el recurso de la paradoja, el juego mimético y la mascarada han logrado erigirse como piezas invalorables de la tradición poética de esta centuria. Una de esas voces de primera línea es el chileno Vicente Huidobro (1893-1948), figura mayor de la vanguardia internacional de principios de siglo y fundador de la poesía moderna en lengua española. Su largo poema Altazor, concebido en 1919 y publicado definitivamente en 1931 es muestra fidedigna de los grandes movimientos de vanguardia en el inicio de ese siglo. Libro clave de la poesía contemporánea, Altazor está marcado por las imágenes de lo aéreo. El alto-azor que evoca el título es el representante lírico de las búsquedas de movilidad, aventura y ascenso cósmico, características de una poesía estimulada por los avances de la ciencia y la tecnología seducida por lo energético del deporte y de la guerra, arrastrada por el vértigo del desamparo metafísico, ganadas por las tensiones de la polémica lingüística y conceptual. Libro profético, libro iniciático, Altazor se presenta como un emblema magnífico de toda experiencia lírica arriesgada y radical. En Venezuela su nombre ha sido endosado a la más importante y trascendente colección de poesía de Monte Ávila Editores para mantener el perfil vanguardista de las obras que se editan en esta serie. El poema que identifica a esta colección se ha incorporado recientemente a los fondos del sello de La Castellana gracias a la iniciativa de Monte Ávila Editores y de Gabriel Jiménez Emán, prologuista de esta edición que sigue fielmente la original de 1931, revisada y establecida por el autor.
En conmemoración al centenario del poeta chileno, la publicación de Altazor será presentada hoy a las 6:30 de la tarde en la Librería Monte Ávila Editores Latinoamericana, en un acto homenaje que contará con la presencia de dos conocedores de la obra de Huidobro, como son Luis Navarrete Orta y el mismo Jiménez Emán. En esta ocasión se han sumado los esfuerzos de la Embajada de Chile y del Instituto Venezolano Chileno de Cultura.

Reseña crítica
En “El Universal”, Caracas, 199.

En estas últimas semanas ha comenzado a circular en Caracas una obra que consideramos fundamental para el mejor conocimiento de un aspecto importante de la cultura nacional: el ensayo. Esta obra, en seis tomos, se titula El ensayo literario en Venezuela. Siglo XX, en compilación de Gabriel Jiménez Emán, de quien es, asimismo, el prólogo. Esta edición pertenece a la calificada colección “Zona Tórrida” que auspicia La Casa de Bello. A pesar de la significación que atribuimos a esta obra, el mayor silencio ha rodeado la aparición de los seis tomos que encierran el pensamiento de ilustres venezolanos y, en general, de quienes han cultivado el género desde finales del siglo pasado hasta el discurrir de los años recientes. Al lado de la narrativa y poesía, es el ensayo uno de los géneros científicos y literarios que mayor significación ha alcanzado en Venezuela. Debemos advertir que en diversos casos el ensayista literario ha estado al lado el nombre científico, y citemos escogidos al azar, los nombre de Lisandro Alvarado y de Arturo Uslar Pietri. En lo que respecta a esta antología seleccionada y recopilada por Gabriel Jiménez Emán, constituye un exponente valioso de la ensayística nacional que revive nombres para muchos olvidados o semiolvidados.
Esta antología del ensayo literario venezolano tiene que ser desde ahora texto imprescindible en las cátedras de literatura, tanto para los cursos de educación media como en las cátedras de Letras que se leen en nuestras universidades. La lectura de estos tomos, en los cuales no se sigue estrictamente un orden cronológico, aparece seleccionado uno o más de quienes forman el haber intelectual de eminentes venezolanos.

Pascual Venegas Filardo
Perspectivas, “El Universal”, Caracas, 10 de marzo de 1992.



Esta tarde, como si estuviéramos viendo llover en Macondo, --tal es la furia de la lluvia— presentamos Provincias de la palabra del escritor Gabriel Jiménez Emán, editado por Planeta en su colección Ensayos. Desde que abrí sus páginas una tarde, el libro me interesó de veras, y ahora me siento muy complacido de poder expresarlo, en una ocasión en la cual me atrevo a participar porque se trata de decir palaras simples, espontáneas y celebratorias. Porque al fin y al cabo los lectores tenemos algunos derechos. El libro me interesó por varias razones: la primera porque se trataba de un conjunto de más de cuarenta ensayos sobre escritores en su gran mayoría contemporáneos, venezolanos o extranjeros, escritores (novelistas, ensayistas o poetas) cuya obra siempre atrae hay sobre quienes uno agradece todas las claves que se le puedan dar, los fantasmas cuyas mascarillas uno solo no termina de descifrar, y leer sobre ellos es como volverlos a leer en mejores condiciones, con lo que ocurre cuando uno lee a determinados autores, es lo que a uno le sucede con algunos personajes y con sus novelas, o con muchos poetas y sus poemas. Uno no termina de buscar la mano amiga, como los ciegos de José Saramago, todos repentinamente ciegos, todos buscando inútilmente una mano que no ven, la parábola de los ciegos, la parábola del fin del siglo, el Ensayo sobre la ceguera, del gran escritor portugués. Novela que comienza por llamarse ensayo, para confusión quizás de los teólogos de los géneros. Esa mano amiga es la que nos tiende Gabriel Jiménez Emán en Provincias de la palabra. Meditaciones o reflexiones, congojas o entusiasmos del joven escritor sobre muy diversos escritores del siglo.
Vasta es la geografía intelectual de Gabriel Jiménez Emán, vastos sus conocimientos, y vasta su afinidad con los grandes escritores del siglo, cuyas obras conoce como pocos en nuestro país, y de ahí estos ensayos que se leen con placer y con provecho, porque además de todo lo que ya se ha dicho o de lo que faltare por decir, Gabriel Jiménez Emán es un escritor de prosa imaginativa y clara, ensayista y novelista de excelente estilo. No en vano es hijo de un escritor y en su casa aprendió lo que él dice en uno de sus ensayos que no se puede enseñar.
Simón Alberto Consalvi
Revista “Imagen”, Lecturas, Caracas, Ministerio de la Cultura, febrero de 1997.

Que es una buena selección, con nombres consagrados ya y muy pocos desconocidos, que las notas de presentación de cada autor están logradas en su condición y escapan del lugar común al que obligan a este tipo de texto, que el prólogo se apuntala en ideas significativas y bien sustentadas sobre el tema y con las cuales se puede dialogar y disentir, sí. Escribirlo es inevitable. Son los más obvios y resaltantes elementos de Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América (Caracas, Fundarte, 1996) cuyo responsable artesano es Gabriel Jiménez Emán, quien selecciona, prologa y presenta los autores. Acostumbrados a la concepción de lo latinoamericano, aquí se abre el espectro y es América, algo poco usual en antologías y estudios, pero que apunta a una cercanía que muchas veces es obviada. La influencia e interrelación entre los discursos literarios norte y latinoamericano son mayores de lo que se presupone.
No hay posibilidad aquí de reclamar ausencias, porque es muestra y personal. Así, la selección no sólo conjunta a autores de voces, espacios y tiempos distintos, sino que desnuda a Jiménez Emán como escritor y deja aflorar su fascinación y fidelidad por lo fantástico. Un texto así, una antología no deja muchas posibilidades para ser reseñado brevemente. Pero como el asunto es la brevedad y se desea escapar de la simpe descripción, queda la opción de anotar la impresión y la sensación. El cuento breve reduce extensión, condensa tensión. Se aproxima a lo poético. Cuando es bueno posee una alta capacidad de sugerencia e impacto, capaz de resonar y dejar su huella por largo tiempo. Por eso, lo siento cercano al poema. La selección de Jiménez Emán dejar entrever esto. No se puede dejar de pensar en las posibilidades que este libro ofrece para vincular en el aula a un acercamiento a la lectura desde el principio del placer y proporcionar en cualquier lector el encuentro o el reencuentro con los autores allí apresados.
María Antonieta Flores
“Tiempo Universitario al día”, Caracas, 1996.

Me complace que alguien escriba sobre Juan Gelman, ese exquisito poeta argentino, difícil de conseguir en las librerías, y más aún si lo que queremos encontrar es una valoración de su obra, una lectura atenta sobre alguien que sabe escribir la tersura y la rabia en un mismo verso, que parece olvidado siempre presente. Emociona también que de repente surjan varias páginas asombrando solidariamente la obra de una de nuestras mejores poetas: Enriqueta Arvelo Larriva, alguien que posee en su voz la imagen insuperable del campo y a quien muy pocos críticos le han dedicado su reflexión. Digo esto como mi primera respuesta al libro que acabo de leer. Gabriel Jiménez Emán, poeta, narrador y ensayista, ha reunido en forma de libro una cierta cantidad de artículos sobre autores y obras. Su título, Diálogos con la pagina, y su prefacio lo justifican ante posibles y mordaces comentarios (ah, los prefacios, esa estrategia de la inteligencia!).
Más allá del rescate que realiza Gabriel Jiménez Emán, el tono crítico utilizado está lleno de vaivenes, sus comentarios poseen un cuerpo tibio, son un retrato, un desglose de rasgos que bien puede resultar tenue, atropellado de nombres y con el trazo enrarecido, o en ocasiones un acercamiento sustantivo, una acoplada resonancia (aquí podría nombrar “Los claustros móviles de Salvador Garmendia”, “Luis Fernando Álvarez en otro amanecer” y “La Barcelona de Mandiargues”). En el libro hállanse notas de afecto, y sobre todo de respeto, como la dedicada a Hernando Track; leves cuestionamientos a instantes de Cortázar o estilos de Octavio Paz; reflexiones sobre asuntos discutidos pero que parecieran inagotables (“Alrededor del poema en prosa”, “Hispanoamérica y la crítica”) y hasta un breve álbum descriptivo de la poetas venezolanos y colombianos. Publicado por la Academia Nacional de la Historia, Diálogos con la Página es un libro quizá útil, donde hay una buena reunión de raros con un perfil crítico propio aunque no brillante, sin llegar a tener todo el atractivo estético de esa crítica que, fundándose en una relación personal con la obra, alcanza un nuevo tatuaje, susurra un estado de creación más.

Leonardo Padrón
Papel literario de “El Nacional”, 31 de marzo de 1985.









Una de las antologías más importantes que acaban de publicarse es la correspondiente a Relatos venezolanos del siglo XX, editada por la Biblioteca Ayacucho y bajo la autoría compilativa de Gabriel Jiménez Emán, cuya selección, prólogo y bibliografía estuvieron enteramente a su cargo. Son muchas las antologías u sobre la prosa de ficción venezolana se han elaborado en los últimos cincuenta años. Unas y otras centraron sus objetivos en aspectos concretos, en gustos determinados, en limitaciones editoriales o en cualquier otro asunto. Sin embargo, esta antología de Relatos venezolanos del siglo veinte tiene la importante característica de no establecer límites rigurosos en cuanto a lo que pudiera entenderse por cuento o relato. Para su autor, el elato resuelve, en cierta medida, esas acostumbradas dificultades teóricas y metodológicas que insisten en imponer fronteras tajantes entre lo que es relato o cuento. En esta antología el género de la ficción narrativa salta por encima de las categorías, para proponer una lectura más libre, más relacionadora y más comprensiva sobre el devenir de la prosa de ficción venezolana de este siglo. Setenta y tres autores comprenden esta interesante antología, todos reunidos bajo un criterio cronológico y aluvional del relato. Quizá ha sido con seguridad es sentido aluvional de voces narrativas que aparecen en esta antología, celebrando un dialogo heterodoxo, plural, inteligente, no exento de omisiones y entendibles tropiezos selectivos lo que mejor define la impronta y el sello estilístico de esta antología. Sea como sea, el proceso narrativo venezolano de este siglo no puede ser visto sólo a partir de una limitada visión diacrónica de tal hecho, porque uno de los aspectos que singularizan la prosa de ficción venezolana, es su carácter aluvional, sincrético y disperso, donde las categorías generacionales o las periodizaciones exactas, no aportan gran cosa a la hora de estudiarse este fenómeno.
Por tal razón, la antología preparada por Jiménez Emán tiene un valor literario difícilmente superable por otras antologías, las cuales poseen el curioso defecto de repetir los mismos textos que otras antologías han incluido. Creo que una de las misiones del trabajo antológico es formar un criterio literario en el público, cónsono con la calidad de los autores antologados. Y esta antología innova dentro de tal hecho, incluyendo nuevos escritores y ofreciendo un panorama mejor articulado de la narrativa venezolana de este siglo.

Juan Carlos Santaella
“Dones y miserias de la antología”, El Nacional”, Caracas, 1989.




















SOBRE SU OBRA POÉTICA














Me veo escribiendo ahora estas parcas líneas al amigo que aparece ante el umbral después de tantos años hecho un gran árbol recio y opulento, enredado en el destello de una sensibilidad rica y múltiple, sacudiéndose entre imágenes que atienden a las vivencias más diversas, de invención y lenguaje nada frecuentes. Insurgía así cantando “a mi locura que me azota a diario desde el nacimiento del sol”, como lo dice a las puertas mismas de sus primeros encuentros con el fantasma del poeta, puertas del año 1973, que son las mismas puertas del conjunto que forman estos libros (libros en un Libro de Vida, en la propiedad que surge del continuo de su conciencia). Textos que de ninguna manera reflejan una actitud confesional, sino muy de otro modo resaltan su vocación estética --creativa-- vecina por demás a los espacios de la alegría, el humor y la condición lúdica.
Por aquellos años no tardaría Jiménez Emán en convencerse de que sus estudios académicos no lo atraían como esperaba y que su dedicación al trabajo intelectual en una más directa experiencia con la Literatura y el Arte --viajes, entrevistas con autores , y su trabajo mismo en revistas y diarios, charlas y conferencias-- así como la intensa bohemia que se vivía en Caracas entre sus camaradas y amigos-- le resultarían más generoso y fructífero; así que se hizo al firme propósito de emprender por sí mismo el cultivo de un excelente bagaje cultural, de una manera plena y conveniente.
Esta poesía que ahora nos ofrece tiene sus preámbulos que aportan una base bien definida para su mejor aproximación; por ejemplo, su primer libro -- Narración del Doble-- Poemas en prosa-- 1973-1978 --se afirma en los maestros franceses e insurge en el campo de Baudelaire, Lautréamont, Mallarmé y los surrealistas --con algunos rasgos nerudianos, agregaría yo-- , y por otra parte, amparado igualmente en Borges y nuestro Ludovico Silva, afirma su posición en los textos de comienzos, manifestando en ellos que ignora la Poesía como género y la sitúa en un espacio mayor, como vida, como “sustancia madre de las cosas” y con esta expresión nos manifiesta su inconformidad con la idea del poema tradicional y el verso en su sentido mas habitual; así en ese primer poemario se muestra todavía muy cercano a sus narraciones breves, en la búsqueda de una Poesía mas desnuda y vital, formas e ideas del poema en prosa extensamente difundidas durante el siglo veinte.

Ramón Palomares
Prólogo a Balada del bohemio místico, Monte Ávila Editores, Caracas, 2010







Los poemas de Jiménez Emán me resultan conmovedores por su profanidad filosófica –aunque esta no haya sido su intención—y también por su profundidad lírica. Es difícil encontrar entre nuestros poetas en prosa una intensidad lírica tan perdurable. Jiménez Emán habla en un lenguaje tan descarnadamente poético que se hace difícil calificarlo. Más bien habría que adoptar otra actitud: admirarle. O mirarle simplemente como decían los latinos, porque para ellos mirar era admirar. Era admirar el miraculum.

Ludovico Silva


A él concurre la ciudad como lugar de ruinas, inmóvil, radicalmente ajeno; la nostalgia por otros mundos perdidos o desconocidos; el propio cuerpo como espacio a escala reducida donde habita el desconcierto, o una derrota innombrada pero arraigada como presencia inevitable, fruto de un destino caprichoso y fatal. Y ahí mismo, la sombra, la noche, el bar y la cerveza, otro cuerpo de amor insatisfecho, la escritura hecha deseo, como refugios cómplices, espacios de dolorosa y lúcida conciencia.

Juan Liscano


El solo título de Proso estos versos es un canto a la libre inspiración y un manifiesto sobre la inutilidad de los géneros literarios. Gabriel, más que mi amigo, es parte de mi familia, con quien he compartido durante largo tiempo techo, mesa, y copas llenas; lo que me otorga el privilegio de pasearme por entre los libros que el escribe como si fueran las habitaciones de un apartamento, repartidas entre ruidos de hijos, sones de ayer, repitiéndose en un tocadiscos y letras impresas.

Salvador Garmendia





En aquel libro (Baladas profanas) la realidad puede ser palada o sentida como territorio familiar o lejano. Cotidiano o fantasmal, épico y lírico. Las cosa del mundo se dicen a flor de alma, la poesía se vuelve balada envolvente que celebra la vida, se interroga sobre si o se duele del amargo partir (…) En esa música interior se centran los otros Gabriel y los otros otros, congregados bajo la carpa del gran circo de ilusiones, pasan o se juntan los desconocidos que también somos amparados por música celestial o infernal.(…) Saludo en él la palabra que nos permite reconciliar los tañidos de lo radiante con la incierta penumbra de aquel que quiso ser nadie.

Gustavo Pereira

“Este bardo trasmuta sus vivencias en poesía, apoyándose en la mántica de los vocablos hipostasia las acciones mediante las cuales ha tejido su existencia en lenguaje ódico, en trova. O en otros términos, la faz artística de una c0mpleja espiritualidad, de un sentir solitario, de un rasgado subsistir. De esta suerte, pues, Gabriel Jiménez Emán, por lo menos en sus poemarios, a una velada nos invita a cualquier ámbito del tiempo, para celebrar en la perenne alegría del arte la aventura de su temporalidad consagrada al sacerdocio de la palabra, en medio del insoslayable huracán de lo inhóspito del mundo”.

Lubio Cardozo

Gabriel Jiménez Emán trabaja la sombra en medio del caos que significa tener un yo consagrado a establecer una ciudad donde se niegan el tiempo y el espacio. Yo urbano, ego sumergido en el magma verbal como el trago más seguro y riesgoso (…) Toda escritura lleva una marca, la de Gabriel Jiménez Emán es tan carnal que salta entre los espíritus de una cultura a punto evaporarse de este final de siglo frío y taciturno (…) poesía rubricada con la mano de tejer el cosmos, el salto a la sombra, con la canción profana en los ojos.

Alberto Hernández

En Jiménez Emán existe un poeta notable, un trovador venido de las regiones infernales del psiquismo decadente de un Mallarmé, y que su modus tiene que mucho que ver con un agónico sentir y decir las cosas, por este sublime exaltador de sus demonios interiores.

José Félix Rivero

[1] Consigno los títulos y años de publicación de los libros a que se hará referencia en este trabajo, así como las siglas que servirán para identificar las citas: 1) Los dientes de Raquel, 1973 (DR); 2) Narración del doble; poemas en prosa 1973-1978, 1978 (ND); 3) Los 1.001 cuentos de 1 línea, 1981 (MC); 4) Biografías grotescas, 1997 (BG); 5) La gran jaqueca, 2002 (GJ). También es autor de la antología Ficción mínima; muestra del cuento breve en América, 1996 (FM), con textos de 12 países americanos de lengua española y también de Estados Unidos y Brasil.

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