GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN

EL HOMBRE INVISIBLE Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

Sobre mí

Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950)

Es un escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. En el terreno cuentístico es autor de varios libros entre los que destacan Los dientes de Raquel (1973), Saltos sobre la soga (1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (1980), Relatos de otro mundo (1988), Tramas imaginarias (1990), Biografías grotescas (1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (2002), El hombre de los pies perdidos (2005), La taberna de Vermeer y otras ficciones (2005). En el campo novelístico nos ha ofrecido las siguientes obras: La isla del otro (1979), Una fiesta memorable (1991), Mercurial (1994), Sueños y guerras del Mariscal (2001), Paisaje con ángel caído (2004), Averno (2006) y Limbo (2017). Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (1984), Provincias de la palabra (1995), Espectros del cine (1998), Una luz en el camino. Fundamentos de ética para jóvenes (2004), El espejo de tinta (2007) y El contraescritor (2006).

Como poeta es autor de los libros Materias de sombra (1983), Narración del doble (1978), Baladas profanas (1993) y Proso estos versos (1998), Historias de Nairama (2007). Ha sido profesor invitado en los talleres literarios de la Universidad Central de Venezuela y la Universidad de los Andes, donde estudió varios años. Ha dictado conferencias en varias Universidades de Europa y América Latina.

Posee una amplia trayectoria como investigador y antologista, entre cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho Colección Clásica, 1989), El ensayo literario en Venezuela (1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América (1996), y antologías poéticas y estudios sobre Víctor Valera Mora (1987), Luis Fernando Álvarez (1984), Vicente Huidobro (Monte Ávila, 1994), Salvador Garmendia (El inquieto anacobero y otros cuentos (2005), Víctor Valera Mora (2005).

Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la editorial Imaginaria, dedicada a lo inquietante y lo fantástico, y Fábula revista cultural y editorial, desde donde publica autores contemporáneos y clásicos de la liteatura universal. Es colaborador de los principales diarios y revistas venezolanos, donde escribe artículos de opinión y ensayos sobre cine, arte y literatura, así como revistas culturales en España y América Latina. Fue Jefe de Patrimonio e Investigación del Instituto de Cultura del Estado Yaracuy, director general de gabinete del Ministerio del Poder Popular Para la Cultura en el estado Yaracuy, y editor de "Imagen", revista latinoamericana de cultura del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Actualmente reside en el estado Falcón, Venezuela.

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Mi Blog

Poemas, relatos, publicaciones y apreciaciones sobre mi obra.
El abecedario Solar de Gabriel Jiménez Emán
Por Carlos Yusti



“Yo creo en el fondo que el poema me piensa”.
Gabriel Jiménez Emán

En Gabriel Jiménez Emán se conjugan el escritor de cuentos breves y fugaces, el novelista, el ensayista y el poeta (amén del cinéfilo confeso) con un equilibrado talento. Es admirable su indiscutible ritmo de trabajo con la escritura, su incansable espíritu artístico por la literatura en sus roles de editor, director de revistas e investigador. Su libro de poemas Solárium y otros poemas (Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2015) abre paso de nuevo al poeta.
“Cuando escribo nunca miento. Sólo soy palabra, tiempo, espacio, pronombres, ritmo, donde yace y se expresa mi experiencia, mi yo, mi memoria y mi deseo, mi tradición…” Estas palabras del poeta W. H. Auden le calzan a la perfección a Gabriel Jiménez Emán, quien ha realizado su trabajo literario desde la honestidad y ese batallar constante de artesano con las palabras.
Como poeta Gabriel Jiménez Emán opta, desde mi óptica pendenciera, por la lírica a rajatabla, por esa poesía sin argot en las pupilas, por ese estilo del poema en prosa que se nutre de la feroz tradición poética de los grupos literarios nacionales con el desmadre del vanguardismo/surrealismo y esa sobredosis de rockola; infaltable el corazón a sus aires, paseándose a gritos por los bares, con las venas inyectadas de nocturnidad, hasta caer de bruces en ese amanecer de luz matinal y asfalto. Luego con ese bagaje de tuteo con la vida sentarse a escribirlo todo con un desparpajo de metáfora y navaja (sin desperdiciar el lirismo bufo de la calle ni de los libros leídos en la trinchera de la resaca), hasta llegar a ese hueso luminoso del poema; de ese poema-pez, peculiar animal anfibio entre el cuento y el sueño desbordado en el que cabe el universo, pero donde sobre todo cabe la literatura desde el trabajo metalúrgico con el lenguaje, de esa brega punzante con las palabras de siempre, trabajadas con esa obstinada carpintería de la sensibilidad para sacarle algunas chispas y así aguarle la fiesta a la oscuridad, a las sombras que a veces llegan como fantasmas en el luto de cretona del silencio.
El poeta norteamericano Charles Simic en una entrevista dijo: “La poesía tiene que estar cerca de la gente, y en este país eso lo logró gente como Ginsberg, Ferlinghetti, Corso y compañía. La gente llevaba libros de los beats en el bolsillo trasero del pantalón. Iban a los recitales, que eran casi conciertos, tan cerca estaba la poesía de la música. Recuerdo que los locales del Village donde tenían lugar esos encuentros en los años sesenta estaban atestados. En uno de los primeros recitales a los que asistí, un tipo se subió a una mesa de un salto y se puso a blasfemar. Parece una anécdota superficial, pero la poesía auténtica hace reaccionar a la gente”. En tal sentido la poesía de Jiménez Emán está cerca de la gente, su lenguaje es fluido, pujante de color y sin tretas retóricas logra que el lector se identifique/traspapele con sus visiones líricas:

I
el ojo arroja sus garfios
a la tela del día
el rostro deletrea las sílabas
de la plaza
mientras los pies asaltan
la calle de los nervios

al atardecer las dalias
se hinchan
en el temblor del pecho
mientras el cielo caza nubes
para el hambre de espíritu

(Fragmento del poema Soledumbre)

En ocasiones los libros surgen de esa escritura aleatoria que se va acumulando en gavetas, y otros sitios menos conspicuos, donde el escritor consuma sus descuidos y hallazgos con la escritura. El libro Solárium y otros poemas, como lo ha expuesto el poeta en una advertencia preliminar, surgió un poco así y no responde a una temática unitaria o como él lo aclara: “No poseen una unidad temática ni de estilo. Viéndolos desde afuera, debo decir que no competen a un ejercicio intelectual, sino más bien a un ejercicio de la exaltación familiar o amorosa, al sentimiento filial, de la amistad y de los asombros cotidianos que se originan ante la contemplación de un jardín, un patio, un perro fiel, un atardecer en el mar, un paseo con la mujer amada, el nacimiento de un nieto, el cumpleaños de la madre. Pertenecen casi todos al ámbito íntimo y del sentir individual. Otros van dirigidos a la solidaridad humana con los oprimidos, el apego a la patria, a la reconstrucción memoriosa de la infancia o a los momentos álgidos de la soledad o la nostalgia existencial,…”
Los poemas de este libro se pasean por una intimidad sin escabrosidades. Es un recuento de lo luminoso a través de un lenguaje poético desprovisto de pomposidad y pleno de franqueza y finos detalles. Es un poemario que mira hacia dentro desde lo externo, desde esa cotidianidad que pulsa y evoca. Por supuesto el poeta revisa su microcosmos personal sin perder de vista el mundo y sus puntuales coyunturas que de alguna manera también le sirven de acicate para escribir.
En lo personal me gustan de este libro Solárium y otros poemas, los textos poéticos que mezclan narración, lirismos, memoria, sueños e imágenes inusitadas:
Desciendo por la escalera del sueño que me conduce a una plaza; en la plaza cruzan de una esquina a otras mujeres desnudas paseando bebés en carritos; en la plaza hay bocas de metro y desciendo por las escaleras mecánicas de una de las bocas hasta una taquilla atendida por un hombre calvo y obeso que, en vez de entregarnos un tique a los pasajeros, nos da una verde hoja de parra; yo atravieso las barras y bajo por una nueva escalera hacia los vagones que se deslizan silenciosamente sobre los rieles aceitados. Al detenerse estos, los pasajeros se dirigen en masa a tomarlos; algunos tropiezan y otros caen en los rieles y quedan electrocutados o descuartizados por las ruedas, pero en vez de salir sangre o carnes destrozadas, de sus cuerpos salen trozos de telas estampadas y algodones blancos; algunos niños recogen las sedosas cabezas degolladas y terminan de sacarle el relleno de tela e introducen sus manos en el interior y las usan como títeres para asustar a cucarachas anaranjadas que andan por el piso tratando de meterse en las grietas de las esquinas…
(Fragmento del poema Sueño del ojo azul)

En este contexto/estilo dos poemas sin desperdicio de este Solárium son: Misiva a Osuna y Sustancias de la noche. En el primero hace un recuento de la amistad y la poesía, en el segundo confirma su talento para narrar universos oníricos con agilidad de imágenes y un torrente metafórico de gran belleza y maestría.
Una característica en el trabajo poético de Gabriel Jiménez Emán es ese esplendido tino para crear imágenes inusitadas, metáforas de una riqueza creativa sin igual. Jorge Luis Borges en una conferencia sobre la metáfora aseguraba que están no eran muchas y que con algunos pocos modelos se podrían escribir otras nuevas, pero sólo serían juegos arbitrarios, combinaciones azarosas o como Borges lo escribió: “Si yo fuera un pensador atrevido (pero no lo soy; soy un pensador muy tímido, y voy avanzando a tientas), diría que sólo existe una docena de metáforas y que todas las otras metáforas sólo son juegos arbitrarios. Esto equivaldría a la afirmación de que entre las ‘diez mil cosas’ de la definición china sólo podemos encontrar doce afinidades esenciales. Porque, por supuesto, podemos encontrar otras afinidades que son meramente asombrosas, y el asombro apenas dura un instante”. Quizá el asombro sea efímero, pero la metáfora fluye en el tiempo (o sin tiempo) despertando inquietudes en ese lector atento que nunca falta. En lo personal me gusta la metáfora que me asombra, que juegue con mis sentidos y el intelecto, que hace de la belleza un hecho insólito e irrepetible.
Comparto esa idea del poeta Ramón Palomares que los distintos libros de poemas publicados por Gabriel Jiménez Emán son algo así como un viaje lúdico que intenta sobrepasar las fronteras del género dándole cabida, casi estridencial, a sus experiencias vitales no por casualidad Palomares escribe: “(…)su sentido vivencial expresado con autenticidad y revisión profunda del ser, con elevada imaginación y el sentido de exceso y humor, como si muchas veces su actitud apuntara en una perspectiva rabelesiana, con su desbordante sensualidad a punto de estallido y su deseo de abarcarlo todo para asir la vida, ser ella, aferrarse a ella en cada experiencia y cada sueño y magnificar así ese apetito, esa ansiedad por exprimir en todo lo posible el breve tiempo de existir,…”
Este Solárium de Gabriel Jiménez Emán es un buen lugar para tomarle el pulso a esa vibración luminosa de una poética expansiva, de esa pulsación existencial como un torrente luminoso de amistad, amor y solidaridad ese abecedario imprescindible para vivir/ser desde lo poético o desde ese momento en cual el poema nos piensa, nos nutre de esa belleza luminosa que algunos llaman gran literatura.
A Emil Cioran le horrorizaba la perfección poética, le resultaba un crimen contra la poesía la actividad lírica como cálculo, como tentativa de estudio y escritorio. Para el filósofo rumano la poesía era un gesto inacabado, una explosión caótica y no una geometría cargante de adjetivos trabajados como diamantes. En la poesía de Jiménez Emán existe un poco de ese furor de lo inacabado, de esas estampidas de la imaginación sin correcciones de fondo, lo que no quita que su propuesta poética tenga esa naturalidad genial y quisquillosa. La poesía como un hecho sonoro (similar a la vida) con ese ritmo imperfecto, aleatorio, fecundo sin concesiones por la belleza a través de las palabras.


(*) Carlos Yusti es escritor y pintor venezolano (Valencia, 1959). Cofundador del grupo literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Dirige en la web la página Arteliteral. Su última exposición conceptual es la revista ensamblada La Tapa del Frasco (2015). Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), De ciertos peces voladores (1997), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo (2012).



LITERATURA Y EXISTENCIA

GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN. LITERATURA Y EXISTENCIA. 
Valoración múltiple de su obra.

Editorial Imaginaria, 2012.


EL DOBLE DE LUDOVICO-Por Ludovico Silva

El título de este artículo es sintomático de un estado de espíritu. Estoy bajo el impacto del libro de Gabriel Jiménez Emán "Narración del doble". No sé por qué me ha parecido que ese doble de que habla el poeta soy yo mismo. Tal vez ese sea el destino de los poetas: llegar parecerse a sus lectores, como quería Baudelaire.

Mi semejante, mi hermano”. Yo no puedo escribir una crítica literaria sobre este libro de Gabriel. Entre otras cosas, porque abandoné hace años la crítica literaria., que ejercí con frecuencia. Tan sólo puedo testimoniar mi aluvión de tristezas y alegrías que me produjeron la lectura de Narración del doble. Uno puede comenzar por preguntarse ¿quién habla en este libro? ¿Es el poeta o es un personaje, una máscara que él se ha puesto para hablar? Yo no sabría  decirlo. Siento que ha dos personajes que afloran por todos lados como una especie de binomio, pero que representan una unidad dialéctica. Dialéctica digo porque hay un diálogo constante entre los dos personajes que integran este libro. Por cierto, en su prólogo, Jiménez Emán evita hablar de “coherencia” en su “libro”. Pero yo encuentro que hay una perfecta coherencia. En uno de los primeros poemas dice, por ejemplo: “Llegó mi amigo abriéndome los brazos. Me pareció que andaba muy extraño, pero viéndolo bien era yo mismo.” Este desdoblamiento es característico de la poesía moderna, la que se inicia con Baudelaire. El famoso “Yo es otro” de Rimbaud es el paradigma. El poeta se siente desligado de algo que podría ser su “esencia” y que está desligado de su “existencia”, para decirlo en términos caros a los filósofos. Pero la cuestión va más allá de la filosofía, o al menos de cierta filosofía. La cuestión está planteada en el simple término de la existencia humana del poeta.

¿Qué es un poeta hoy en día? ¿Qué es Gabriel Jiménez Emán? Se trata de un ser distorsionado por la realidad. Un hombre que puede decir como Keats: “The World is too brutal to me”, el mundo es demasiado brutal para mí. Las sociedades en general, salvo muy pocas excepciones, nunca han sabido lo que tienen cuando tienen a los poetas. Los poetas son, como decía Baudelaire, “la tajada del Estado”, eso de que se valen los estadistas para decir que han hecho una gran obra después de que el poeta se ha muerto. Igual nos irá a pasar a todos los que hacemos poesía en la hora presente. Con el agravante de que vivimos en una sociedad capitalista subdesarrollada que tiene un profundo desprecio por los intelectuales y los poetas.



Por eso un libro como Narración del doble de Gabriel Jiménez Emán está expuesto al desprecio del público. En una sociedad de mercaderes ¿qué interesa saber que un poeta tiene su doble y que se manifiesta en prosas poéticas? Yo comprendo un poco la falta de crítica literaria en nuestro país. ¿Para qué hablar de libros, si nadie los lee? Se leen los libros sobre acontecimientos políticos, sobre tal o cual personaje, sobre tal o cual intriga, sobre tal o cual proceso judicial, pero ¿los libros de literatura pura? Esos no se leen. Aparte, por supuesto, de que están mal promocionados y distribuidos. Los escritores del subdesarrollo tenemos que habituarnos también a una distribución subdesarrollada de nuestros libros. Sé de libros de autores venezolanos –entre los cuales me cuento yo mismo— que si hubieran sido escritos y publicados en Francia tendrían un gran nivel de aceptación. Las tesis de Althusser, en Francia, no tienen más originalidad que las que se hacen en América Latina, y eso lo ha dicho un belga como Ernest Mandel, quien es a mi juicio el economista marxista más lúcido que existe, el único que ha comprobado con ejemplos históricos la ley del valor, que ha sido tan cuestionada.

Decía que este no es un artículo de crítica, sino de evocación. Es curioso como yo conocí a Gabriel. Estaba yo en la barra del “Viejo Molino”, en el peligroso Triángulo de las Bermudas, hace ya unos cuantos años, y de repente vi entrar a un tipo que me pareció raro. Inmediatamente me dije: “Ese es Gabriel”. Yo acababa de escribir un artículo sobre su libro Los dientes de Raquel, de 1973. El individuo, como un sonámbulo, se me aproximó y me dijo: “Tú eres Ludovico, ¿no es verdad? Yo le respondí: “Y tú eres Gabriel”. Desde ese momento se constituyó una amistad entrañable. Por eso digo que yo soy el otro yo de Gabriel, porque nos conocimos en esa circunstancia, sin previo conocimiento el uno del otro.

Después de eso, hemos coincidido en diversos puntos de vista. En el libro de Gabriel me hace el honor de citarme después de Jorge Luis Borges, quien decía: “La prosa convive con el verso, acaso para la imaginación son ambas iguales”. La cita mía dice algo que me permitiré transcribir porque dice mucho del arte poética de Jiménez Emán:
“La prosa fue en sus comienzos una poesía de vanguardia, una especie de adelantada con respecto al verso, al cual liberó de los escasos esquemas tradicionales. Es lo que se suele olvidar cuando se invoca tan a menudo las manualescas distinciones entre poesía y prosa. La verdadera diferencia, a mi juicio, debe hacerse entre pensamiento poético y pensamiento discursivo.”

Esto último es decisivo para los prosopoemas de Gabriel. En ellos no hay pensamiento discursivo, sino tan sólo pensamiento poético. Por eso se puede hablar de poemas, de poesía. En alguna parte de sus poemas en prosa he encontrado ecos de Heráclito. Por ejemplo, en el poema “La caída”, donde al final dice: “Esperé mi retorno al círculo, pero está derrumbado; me aferro a ese derrumbamiento, soy él, soy mi propia caída”. Esto es puramente heracliteano.

El filósofo de Éfeso no concebía la circularidad del fuego como un universo finito y acabado en si mismo; por el contrario, preveía zonas de “tormentas”. Y Heráclito era un hombre de los nuevos tiempos, de los que le daban importancia a la aparición de la moneda en Lidia, Asia Menor, hacia el 650 antes de Cristo. En los poetas se transmiten los mensajes a través de las edades, y yo quiero oír a Heráclito en Jiménez Emán.

En lo que respecta al poema en prosa, ya he escrito en otras partes mi parecer: no hay tal distinción entre poesía y prosa. Si a ver vamos, en sus orígenes medievales, la prosa fue revolucionaria respecto del verso. Este es un problema que he estudiado en alguno de mis libros. Es un problema de mucha importancia para los poetas venezolanos, “dada su inclinación al poema en prosa”, como ha dicho Rafael Cadenas. Yo, personalmente, como poeta, prefiero el verso, y a veces el verso rimado, pero esa es una cuestión puramente personal. Lo cierto es que los poemas de Jiménez Emán me resultan conmovedores, por su profundidad filosófica – aunque ésta no haya sido su intención— y también por su profundidad lírica. Es difícil encontrar entre nuestros poetas “en prosa” una intensidad lírica tan perdurable. Jiménez Emán habla en un lenguaje tan descarnadamente poético que se hace difícil calificarlo. Más bien habría que adoptar otra actitud: admirable. O mirarlo simplemente, como decían los latinos, porque para ellos mirar era admirar. Era admirar en el miraculum. Yo soy el otro de Jiménez Emán. Yo miro la vida a través de él y él la vida a través mío. Eso es lo que deben hacer los poetas.
EL MAR

En las retinas de La Guaira
Duerme el cangrejo
Arropado de olas y arena
Duerme la sirena cantando entre las rocas
El sol las funde y las convierte en viento

En el alma de Puerto Cabello
Los marineros fuman pipas
Y arrojan el humo al cielo
Pescan navajas en los arrecifes
Bucean langostas como carnadas
Para alimentar la esperanza

En las pupilas de Paraguaná
Las ostras se mueven en los manglares
Buscando labios de mujer
Las gaviotas zambullen su pico
En el mar de los tormentos
Y los alcatraces queman sus ojos
En el choque con lo azul

Por las venas de Macuto
Corre un río de almendrones y uvas de playa
En cuya ribera se sienta Reverón
Tras las cercas de los balnearios
Los viejos hallan ilusiones perdidas
Y las mujeres solas vuelven a nacer

En los muelles de Puerto La Cruz
La eternidad va por los malecones
Sin brújula
Con un dulce golpe en la cabeza
Se asoma a ver los crepúsculos
Y a contar las arenas del mar

En las bahías de Juan Griego
Los niños chapotean en las olas
Con el Paraíso
Comen carne de pescado
Adobada de cielo
Y llevan tatuajes de amor en la frente

En la soledad de Chichiriviche
Se hunden las penas como globos reventados
En medio de las barcas quietas
Sentadas en el agua
En cuyo fondo
Los pulpos quieren abrazar su pasado

En el frenesí de Playa Colorada
Una palmera organiza un congreso de pájaros
Y un viejo lobo de mar
Invita a una fiesta sexual
En horas de la madrugada
Piernas y nalgas senos y cabelleras bocas y más bocas
Se vislumbran en las fogatas
Para ser poseídas

En las arenas sumergidas de Adícora
Las tortugas comen futuro
En islas desoladas
Y los paseantes montan en veleros
Que van al horizonte
Alhajas brillan en los fondos turquesa
De los estanques y las perlas se esconden
Para siempre

En los ojos de los Puertos del Mundo
Hay ángeles vigilantes
Que cambian un sueño por un pez espada
Sus alas huelen a sargazo
Y de sus piernas cuelgan manojos de algas
Que flotan luego en la superficie
De las lagunas
Son los ángeles que cuidan los abismos

En las profundidades remotas
Hay ojos de animales ciegos
Que desean nadar hacia el fondo de sus vidas
En el alma del mar
En las pupilas del océano
Un dios tranquilo vigila la tierra
Para que no se caiga
CON "PROSO ESTOS VERSOS", GABRIEL ME SALVA EN LA RAYA-Por Salvador Garmendia

Me siento a escribir, hoy seis de diciembre, la columna que ustedes deberán leer el domingo 19. Y es que en estos días, un viento de tormenta, no por anunciado menos alevoso, estuvo sacudiendo al país de extremo a extremo, y como sucede en el comienzo de El mago de Oz, las casas fueron arrancadas de sus cimientos y volaron junto con los árboles, que tenían las raíces afuera y las copas todavía llenas de pájaros; sólo que no despertamos en el país de Oz, sino en las cuatro paredes de nuestro cuarto, preguntándonos, ¿y ahora qué? Sólo que “ahora” es demasiado tarde para reflexionar. No es posible devolver la ruleta después que ha echado a andar. La bolita se detuvo en un punto y ahora sólo queda levantarse de la cama, ir arrastrando las pantuflas hasta el baño y asomar al espejo la cara lagañosa y adormilada. Porque el caso es que se es un escritor y uno se pregunta ¿tiene algo que ver la literatura con todo esto? Noto un ademán de escepticismo, que acrecienta la melancolía impresa en esa cara de recién levantado. La literatura jamás ha tenido nada qué buscar en estas sacudidas que los políticos llaman procesos. La literatura es la loca del pueblo. Forma parte del paisaje urbano, pero sólo como elemento decorativo. Los visitantes la miran con curiosidad. “Esta es nuestra loquita, ¿verdad que es bella? Dicen los vecinos.

Pero el caso es que debo escribir sin más tardanza mi “Ojo de Buey” y admito que no estoy en mi mejor momento. En medio de este vendaval, a ese ojo le ha caído una basura y no hace sino pestañear, aturdido. En esas condiciones, no veo otro recurso que llamar a la inspiración. Sólo que esa facultad no es atributo de columnistas, sino de poetas. Así que debo sentarme delante del papel, cerrar la boca y empujar hacia abajo. ¿Saldrá de mí esa vena milagrosa, conductora del prodigio de la creación?

Como por milagro, la respuesta ha llegado a mis manos en un pequeño libro cuyo sólo título es un canto a la libre inspiración y un manifiesto sobre la inutilidad de los géneros literarios. Hablo de Gabriel Jiménez Emán y su más reciente colección de textos, Proso estos versos. Pero debo advertir que Gabriel, más que mi amigo, es parte de mi familia, con quien he compartido durante largo tiempo techo, mesa y copas llenas; lo que me otorga el privilegio de pasearme por entre los libros que él escribe como si fueran las habitaciones de un apartamento, repartidas entre ruido de hijos, sones de ayer repitiéndose en un tocadiscos y letras impresas que entran por las ventanas y nos hablan como si tal cosa.

En la página 29 de Proso estos versos se encuentra justamente el impulso que en este momento requiero para continuar: “Inspiración”: se trata de uno de esos relatos mínimos, de los que Jiménez Emán es un maestro. Son historias que la poesía transmuta en hechos mágicos, a causa de su extremada sencillez. El autor mismo lo define, un poco más allá, en clave de poema: “Algo se quiebra / en el interior / de las palabras / algo sube por el territorio de la página / para instalarse en lo no dicho / Un algo / un trozo de visión negada / que ya ahíto de llamarse silencio / se devuelve / hacia la raíz.

Pero detengámonos en el relato, en el momento en que la intrusa inspiración acosa a su esquivo anfitrión, resuelta a no dejarse morir en un rincón mientras él bebe vino:

“Me intercepta el paso cuando me dirijo a otro lugar de la casa. No podré deshacerme de ella muy pronto. Para distraerla le propongo un diálogo.
--Tu inoportunidad me alarma. Te creía más elegante.
--Estoy cansada de buscarte –me responde. –Y ahora ni siquiera me dejas estar aquí.
--Quieres hacerme hablar, pero te aseguro que estoy en verdaderas condiciones.
--Ah, ya sé. Quieres hallarme cuando tú lo deseas.
¿No te das cuenta? ¡Soy la propia inspiración!
--Sí, me doy cuenta, pero ahora estoy muy cansado.
--Está bien, no te atormentaré, pero déjame estar aquí –me responde.
--De acuerdo.
Y bosteza entre los cojines.
Me da pena ver a la madre inspiración tan llena de hastío y con su aureola tan opaca. Y yo estoy tan mareado que me duermo.
Al despertarme ya no está ahí. ¡Se ha ido la inspiración, se ha marchado!
Salgo a la calle y miro a todos lados. Nada. Ni un signo de inspiración.”

También mi columna, por fin, ha acabado.
PINTURA Y NARRATIVA EN “PAISAJE CON ÁNGEL CAÍDO” DE  GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN - Por José Gregorio Noroño

En la pintura hay que buscar más la sugestión que la descripción…
Paul Gauguin




El propósito de este ensayo es señalar cómo una imagen pictórica desencadena la construcción de un texto literario, tomando como ejemplo la novela de Gabriel Jiménez Emán, Paisaje con ángel caído, publicada en 2004. Durante mis años de lectura y estudios sobre arte y literatura he advertido que la magia de toda obra significativa consiste en inducirnos a producir una obra –textual o visual– a partir de otra; es decir, a escribir o pintar, reescribir o repintar una obra a partir de otra. Este proceso de lectura y relectura, de escritura y reescritura, de pintar y repintar, de apropiación y reelaboración es conocido como dialogismo en Mijail Bajtin –para quien todo texto se construye como mosaico de citas, como absorción y transformación de otro texto–; intertextualidad en Julia Kristeva y transtextualidad, o hipertextualidad, en Gérad Genette. Es interesante, además, distinguir cómo un gran lector como Jorge Luis Borges, quien se enorgulleció más por haber leído que por los libros de su autoría, disertó sobre este fenómeno del lenguaje y la literatura desde sus relatos, en tono ensayístico, tales como Pierre Menard, autor del Quijote (1939), y Utopía de un hombre que está cansado (1975). En este último relato, por ejemplo, se lee el siguiente diálogo entre el personaje que narra la historia (Eudoro Acevedo) y el solitario personaje con el que se encuentra en una casa “en medio de la pánica llanura”:
–Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
– ¿Se trata de una cita? –le pregunté.
–Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.
En la respuesta que Borges pone en boca del solitario personaje de su relato, observamos que nuestro escritor argentino estaba consciente de la idea de un yo portador de otros yo, de otras voces dentro de todo discurso o diálogo. Es decir, sabía que la dialogía está presente en todos los textos literarios, en los cuales, de manera consciente e inconsciente, se citan las voces, ideas o sentimientos de otros autores. En torno a estas nociones del lenguaje los referidos autores coinciden en que toda obra convoca a otra u otras obras; no obstante, vale acotar que el dialogismo, intertextualidad o transtextualidad, va más allá de la intención del autor y su obra, ya que también depende del nivel cultural, sensibilidad, percepción e imaginación del lector o espectador, cuyos elementos le permiten detectar un tejido de relaciones entre una determinada obra con otras.

Con respecto a la correspondencia entre arte y literatura es pertinente reseñar que desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, hemos visto la relación dialógica existente entre una y otra; artistas que se han inspirado en textos literarios para pintar, y escritores que han sido sugestionados por imágenes visuales para escribir. El poeta lírico romano, Horacio, dijo ut pictura poesis (“un poema es como un cuadro”), y Simónides de Ceos, poeta lírico griego, señaló que “la pintura es poesía muda y la poesía pintura hablada”. Desde entonces han sido muchos los autores que han concebido poemas, cuentos, novelas, pinturas, ensayos y tesis orientados por estos juicios, por los paralelismos o dialogía entre arte y literatura.

Hace varios años, cuando realizaba estudios de posgrado en la ULA, cursé una asignatura con el profesor y pintor Juan Molina Molina, titulada Arte y Literatura, momento a partir del cual me interesé, de manera obsesiva, por los estudios comparados, por el diálogo, correlación, paralelismo o correspondencia entre arte y literatura, campo en el que Molina Molina ha generado varios trabajos sobre los que me he fundamentado –entre otros estudiosos– para orientar mis textos dentro de este territorio; uno de su autoría es, oportunamente, Escribir sobre lo pintado. El registro pictórico en textos de la narrativa latinoamericana, tesis doctoral realiza en Valencia, España, en el año 2010.

Ahora bien, para aquellos que estamos familiarizados con la historia, la teoría del arte y la literatura,  al leer el título de la novela de Jiménez Emán, Paisaje con Ángel caído –paratexto que junto a la imagen de la portada nos proporciona información y orientación en la construcción de sentidos del texto–, de entrada la asociamos con la escritura de ficción a partir de lo pintado; notamos que es expreso el intertexto visual en su escritura, pues el título y la imagen de la portada sirven de entremés, nos anuncian la fuente de inspiración.

La imagen de la portada es un detalle de la pintura de Pieter Brueghel, el Viejo, uno de los principales pintores de la escuela renacentista flamenca, cuya obra se titula Paisaje con la caída de Ícaro, tema inspirado en el trágico mito de Ícaro, referido por el poeta romano Ovidio en sus relatos mitológicos Las Metamorfosis. Según el mito, Ícaro era hijo de Dédalo, arquitecto constructor del Laberinto de Creta, quien confeccionó unas alas de pluma y cera para él y su hijo con el propósito de escapar de su propia creación, donde el rey Minos los había encerrado. Con esas alas padre e hijo lograron su objetivo, pero el ávido e indócil Ícaro voló demasiado alto y el sol derritió la cera de sus alas, causándole la muerte al caer en el mar.

Al contemplar la pintura de Brueghel advertimos que el tratamiento del tema mitológico apenas se distingue, pues la única referencia de Ícaro, en el ángulo inferior izquierdo de la obra, son unas piernas que se agitan en el mar indicando su inevitable muerte. El tema central   aparece   desplazado   ante   una   escena   de   vida campesina, donde apreciamos –indiferentes a la tragedia de Ícaro– un labrador, un pastor y un pescador apostados en las faldas de una montaña, frente a la cual se extiende un dilatado paisaje marino con embarcaciones y algunas edificaciones. Sobre esta atmósfera de indiferencia manifestada en la pintura de Brueghel, el poeta norteamericano W. H. Auden, compuso un poema titulado Museé de Beaux Arts, donde escribe:

“…quizás el labrador escuchó el chapuzón, el grito ahogado, pero eso para él no era motivo de inquietud: el sol brillaba como debía brillar sobre las piernas blancas que desaparecían bajo las aguas verdes…”

Este texto lo vinculamos con un antiguo proverbio flamenco que dice: “Ningún arado se detiene porque un hombre muera.” Ambas citas nos dejan claro que ante las fatalidades del hombre en el mundo, hay quienes no se conmueven; hay quienes se muestran insensibles frente a las experiencias trágicas de la vida.

Es interesante notar, grosso modo, cómo se establece la correspondencia entre Ovidio y Brueghel: del texto literario a la imagen visual; entre Brueghel y Auden: de la imagen visual al texto poético; y entre Brueghel y Jiménez Emán: de la pintura a la novela, correlación suscitada a partir de un tema de la mitología griega asociado con la caída de Ícaro; aunque en este caso me centraré concretamente en la conexión entre Paisaje con la caída de Ícaro, de Brueghel, y Paisaje con ángel caído, de Jiménez Emán, aplicando las nociones de la écfrasis, figura literaria entendida, de manera sucinta, como la descripción literaria de una imagen visual o “la representación verbal de una representación visual”, según el teórico y crítico norteamericano James Heffernan; es decir, una interrelación entre lo verbal y lo visual, acercándonos así a una forma más de dialogismo o intertextualidad. Sin embargo, como dice Molina Molina en su tesis, decantando sus lecturas sobre este concepto, “la écfrasis, si bien tiene su base en la descripción, o en la mímesis de un objeto artístico, sólo parece alcanzar su plenitud en la interpretación, en la lectura hermenéutica.” De esto se entiende, entonces, que la écfrasis, más que descripción es interpretación, es de naturaleza exegética. En este sentido, para dejar más clara la noción de esta figura, estimo pertinente exponer la idea que sobre ella considera el teórico y crítico francés Michael Riffaterre, quien dice que “en lugar de copiar el cuadro transcribiendo en palabras el dibujo y los colores del pintor, la écfrasis lo impregna (…) con una proyección del escritor o más bien del texto escrito sobre el texto visual. No hay imitación sino intertextualidad, interpretación del texto del pintor y del intertexto del escritor.” Si bien hay unos que se inclinan por la noción descriptiva y otros por la interpretativa de la écfrasis, hay quienes funden ambos ingredientes, hacen de ella un instrumento de análisis descriptivo-interpretativo, ya que ninguna descripción suele ser una copia fiel de lo percibido, sino una interpretación impregnada de la subjetividad, sensibilidad e imaginación del autor, a la que se suma la del lector o espectador. En la novela de Jiménez Emán se percibe la noción ecfrástica de lo descriptivo-interpretativo, como veremos más adelante.

En Paisaje con ángel caído, el personaje principal es José Armando Burgos, empresario en contra de su voluntad, laberinto del que quiere escapar, cuyas alas para tal fin vislumbra en la poesía y el arte, en la pintura, particularmente, la cual cultiva, no sólo para eludir el agobiante mundo en el que está inmerso, sino como una forma de búsqueda de sentido o razón de ser de su existencia; de hecho, él llega a manifestar que “la poesía y la pintura [le] devuelven la vida, como si [le] inyectaran una droga divina y diferente”. La novela, a la que Jiménez Emán le agrega un ingrediente de misterio policiaco, se desarrolla bajo la confusión del yo de Burgos, entre ser o no ser empresario, ser o no ser artista, actuar o no como detective de novela, seguir o no con la enigmática Magnolia; mujer de quien se enamora obsesivamente, quien aparece y desaparece; en fin, mujer con la que tiene encuentros y desencuentros, situación que a lo largo de la trama de la novela lo atormenta, hasta el desenlace de la misma. Mientras esa situación conflictiva persiste en su fuero interno, Burgos se entrega a los placeres de la vida: viajes, fiestas, comida, sexo, drogas, alcohol, entre otros hedonismos.

Estando en Europa (España, Inglaterra, Francia y Holanda), recorre varios museos. Este personaje, que actúa como narrador autodiegético –quien relata sus propias experiencias como personaje central de la historia–, hace una amplia relación de los artistas expuestos en cada uno de los museos visitados, tales como Velázquez, Goya, Zulbarán, Picasso, Miró, Tapies, Rubens, El Bosco, Cranach, Brueghel, Vermeer, Van Gogh, entre otros, confesando su predilección por el arte flamenco, además de su deseo de escribir algo sobre las obras de los artistas que ha visto.

En el Capítulo 8 de la novela, en los espacios del Rijksmuseum, es donde Burgos se enfrenta por primera vez con la obra de Brueghel, Paisaje con la caída de Ícaro. Es allí donde comienza la búsqueda de sí mismo ante esa pintura. En ese acercamiento inicial la obra lo atrapa de tal modo que experimenta la sensación de volar dentro de ella, entre cielo y cumbres, tanto así que se compara con el ángel caído de alas quemadas y con el campesino que se desplaza por el campo. Sin embargo, es en el Capítulo 10 de la novela donde observamos el mejor despliegue de la écfrasis, figura literaria que Jiménez Emán aplica de manera espontánea como forma de intertextualidad, a través de su personaje principal frente a la pintura de Brueghel, en su segunda visita al museo. Este personaje sobrevuela la pintura y luego se zambulle en ella, como Ícaro en el mar, y a medida que la va describiendo se identifica con cada uno de sus componentes. “Aquel cuadro compendiaba el sentido de mi vida”, dice Burgos. Un sentido que si bien no podía decodificar a cabalidad, como pensaba, lo intenta en su recorrido visual por la topografía del cuadro, mediante una profunda reflexión de sí mismo, suerte de retrospectiva interior (o psicoanálisis), que lo ayuda a escudriñar en su laberíntica existencia. Burgos, extasiado ante la pintura, resulta ser a la vez sujeto y objeto de contemplación y reflexión. Una vez más se compara con el ángel caído, además de verse reflejado en los seres, personas y cosas allí representados. Burgos siente identificarse con sus almas, algo así como entrever variaciones de sí mismo en esas entidades; un yo portador de otros yo. Frente a esa pintura experimenta la “angustia de la alteridad”, expresión ésta del poeta Gustavo Pereira. Por ejemplo, en el ángel caído ve la bondad y maldad que puede existir en su ser; los surcos que va dejando el labrador con su arado los compara con heridas; entre el rebaño que guía el pastor pone atención en la oveja negra; en el mar y los barcos experimenta el viaje hacia lo invisible y la insaciabilidad de quien viaja; y las islas las asocia con lo utópico, con el territorio soñado que nunca podremos habitar por ser un no lugar. Burgos, de cara al Paisaje con la caída de Ícaro, relaciona al arte, paradójicamente, con la prisión y la libertad. Dédalo construye una genial obra arquitectónica, pero queda prisionero en su propia obra de arte junto a su hijo, y para lograr la libertad de ambos concibe unas alas que simbolizan el vuelo de la imaginación, la cual trasciende hacia la libertad, aunque no se consuma.

Como lector, me sumo a la interpretación de Burgos para decir que igual que a Ícaro se nos derriten las alas en pleno vuelo sin obtener enteramente la libertad; o como Sísifo, terminamos condenados eternamente a conducir una roca a la cima de la montaña sin lograr nuestra empresa: plantar la roca en la cumbre. No obstante –citando a Camus–, “la lucha de sí mismo hacia las alturas es suficiente para llenar el corazón del hombre”. Es decir, basta con el deseo, la intención o el esfuerzo de salir sobrevolando del laberinto de la vida, de la sociedad o del galimatías interno, así no alcancemos la redención.

Recapitulando, en la novela de Jiménez Emán se percibe lo ecfrástico desde la noción de lo descriptivo e interpretativo, ya que, como detectamos a través de la voz que narra, del yo narrador, Burgos, se establece un diálogo en el que simultáneamente éste, sugestionado por la pintura del artista flamenco, va describiendo e interpretando la obra, impregnándola con su visión de mundo, concibiéndose así un dialogismo o intertextualidad entre pintura y narración; dándose en esa relación un proceso de “absorción y transformación”.

Vale señalar, a modo de epílogo, que en Gabriel Jiménez Emán existencia, experiencia vivencial, sueño y escritura van de la mano. Como “El Gabo”, su tocayo, Jiménez Emán ha vivido para contarla; pero, parafraseando al escritor colombiano, para nuestro escritor venezolano la vida no es sólo la que ha vivido, sino la que ha soñado y cómo la ha soñado para contarla, pues más allá de sus experiencias vitales y librescas Gabriel ha recorrido y visto el mundo para luego transfigurar sus experiencias de vida y lecturas en ficción, en imaginarias y oníricas entidades con raíces terrenales. Gabriel, para creer en la vida ha tenido que vivirla y soñarla, tanto desde afuera como desde su interior. Pudiera decirse que su escritura se transmuta en un soñario; es decir, en libros que sirven para soñar; sueños a través de los cuales es posible encontrar los secretos de la vida, como le sucede a Burgos en las primeras páginas de Paisaje con ángel caído, quien manifiesta:

“(…) y luego tomar alguna píldora para dormir, a fin de no regresar tan rápido al mundo real.  No abrir los ojos sino quedarme vagando por el sueño, deslizándome por el aire o la tierra o el agua, y al despertar aterrizar otra vez del lado de acá (…)”.

La experiencia que vive este personaje ante la pintura Paisaje con la caída de Ícaro, es un laberinto donde se urden recuerdos y sueños; y “cuando aparecen los sueños el tiempo exterior deja de ser y nos adentramos en aguas incognoscibles (…)”, como dice en su monólogo interior el personaje de La Taberna de Vermeer, relato de Jiménez Emán; esa  experiencia de algún modo le confiere a Burgos las claves para encontrar algún secreto o sentido a su angustiosa y confusa existencia, que finalmente no sabemos si logra resolver, pero el caso es que lo intenta ante la referida pintura, mediante la écfrasis, figura literaria con la que opera el escritor, quien la  proyecta en el narrador y personaje de la novela en cuestión.

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